Dos desertores huyen a bordo de una nave de carga destartalada, perseguidos por un caza de la Comunidad a través del sistema solar. Ife pilota, Biran vela por el cargamento, y ninguno de los dos se conocía hasta hace cinco días.
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Dos desertores huyen a bordo de una nave de carga destartalada, perseguidos por un caza de la Comunidad a través del sistema solar. Ife pilota, Biran vela por el cargamento, y ninguno de los dos se conocía hasta hace cinco días. Lo que transportan en la bodega blindada no es armamento ni combustible: es contrabando de papel, la clase de mercancía por la que un régimen manda matar. Un relato de ciencia ficción sobre la censura, la fuga y el precio de conservar lo que alguien decidió borrar.
Una nave pequeña, barata y mal terminada atraviesa el sistema solar rumbo a Neptuno. La llaman la mosca: más bodega que nave, un vientre esférico de gravedad centrífuga con una cabina añadida casi por descuido. Detrás va la araña, un caza de la Comunidad todo aristas y elegancia, que no tiene ninguna intención de rendirse. Entre ambas se juega una persecución larga, hecha de turnos al radar, de sueño robado y de la certeza de que un solo impacto en el sitio equivocado significa abordaje, corte marcial y dos penas de muerte: deserción y traición.
A los mandos van Ife y Biran, que se conocieron cinco días antes y siguen sin conocerse. Ella creció bajo una Comunidad que corrige las noticias en tiempo real, que borra a los hijos incómodos de las fotos familiares y que enseñó a sus ciudadanos a no saltar más alto de la cuenta; él viene del otro lado del oficio, del aparato que redacta esas noticias y ahora trabaja para desmontarlo. Los une una tercera persona que ya no está y una misión que ninguno de los dos diseñó. Cada uno lleva bajo el labio una cápsula de cianuro y la duda, nunca resuelta, de si sabrá morderla a tiempo.
La novela avanza como avanza el viaje: por tramos de tensión brutal y tramos de silencio doméstico. Hay maniobras imposibles en el cinturón de asteroides y hay zumo deshidratado, partidas de consola, calcetines dobles y conversaciones que se rompen a la mitad. Esa alternancia es su mecanismo. La autora escribe la nave como un cuerpo —tripas, cráneo, corazón giratorio— y a sus dos tripulantes como criaturas exhaustas que aprenden a leerse mutuamente sin proponérselo. La ironía seca de Ife y el literalismo de Biran generan un humor que nunca desactiva la amenaza, solo la vuelve habitable.
Cuando la avería que ninguno preveía convierte la huida en cuenta atrás, la historia cambia de género sin cambiar de tono: deja de ser una persecución y pasa a ser una pregunta sobre qué se hace con el tiempo que queda. La respuesta está detrás de la escotilla prohibida, en la bodega que ambos tenían orden de no abrir. Allí, en cajas de metacrilato, viaja lo que la Comunidad quemó primero: libros de historia que señalan ciclos que se repiten, libros de otras religiones y otras ideas, novelas, cómics, periódicos encuadernados, lo que se pudo rescatar del sótano de una biblioteca nacional arrasada por una guerra que los informes oficiales insisten en que duró un solo día.
Basura espacial es una ficción especulativa breve y contenida sobre el autoritarismo administrado —el que no grita, solo edita—, sobre la desobediencia como oficio y sobre el gesto, aparentemente inútil, de leer en voz alta mientras se acaba el aire. Paz Alonso Fernández-Setién construye un artefacto de cámara donde caben una persecución espacial, una amistad improbable y un alegato sereno a favor de las palabras que alguien se tomó la molestia de prohibir.
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