Beatriz Darty, esposa de un diplomático destinado en Brasil, es abordada en plena calle por una desconocida que sabe demasiado: conoce su aventura con un joven pintor y tiene pruebas. El precio del silencio no es dinero, sino obediencia.
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Beatriz Darty, esposa de un diplomático destinado en Brasil, es abordada en plena calle por una desconocida que sabe demasiado: conoce su aventura con un joven pintor y tiene pruebas. El precio del silencio no es dinero, sino obediencia. Narrada en primera persona y en presente, esta novela erótica para lectores adultos sigue el mes de sometimiento pactado bajo amenaza y, sobre todo, el modo en que la protagonista descubre que la vergüenza y el deseo no viven tan lejos uno del otro.
Todo empieza con una precaución de rutina: comprobar que el callejón está vacío, caminar deprisa pegada a los muros, llegar al coche. Beatriz Darty lleva un mes administrando su aventura con Gilbert, un pintor sin fortuna, mientras su marido cumple una misión diplomática oficiosa al otro lado del Atlántico. La coartada se derrumba en un banco de una plaza casi desierta, cuando una mujer que dice llamarse Batilde de Clermont enumera con precisión de contable los días, los lugares y las poses, y despliega una fotografía tomada por un investigador discreto.
Lo que sigue no es el chantaje previsible. La condesa rechaza el dinero con desdén y formula una exigencia que Beatriz no había imaginado siquiera como palabra aplicable a sí misma: una dirección, una hora exacta, un mes de visitas cada dos días, y una disciplina corporal administrada con método. El argumento que la desarma no es moral sino social: no se le reprocha la falta, se le reprocha la elección. Un ministro o un financiero le habrían garantizado impunidad; un artista sin prestigio significa divorcio y escándalo.
La protagonista razona, se rebela, construye una estrategia. Se convence de que la extorsionadora es una obsesa cuya fuerza es en realidad debilidad, de que denunciarla sería comprometerse para siempre, de que una fotografía difuminada no prueba nada. Registra el armario que le legó su tío Porfirio —un soltero al que la familia envidiaba y censuraba a partes iguales— y encuentra allí una carpeta de láminas que le enseñan menos sobre el vicio ajeno que sobre su propia curiosidad. Va a la cita jurando que será la última. Vuelve.
El giro que sostiene el libro no está en los castigos, sino en las complicidades que los rodean. Gilbert, de quien Beatriz esperaba indignación y rescate, escucha el relato y pide detalles. Una modista de artículos especiales la mide y la viste según instrucciones que no ha dado nadie a quien pueda reclamar. Una flageladora profesional, viuda de un pope ruso, ejerce su oficio con la parquedad de una liturgia. Alrededor de la casa de la colina se organiza un pequeño mundo con reglas, jerarquías, cortesías y sanciones, y la narradora empieza a describirlo con el vocabulario que tiene a mano: el de la mortificación piadosa, el de los martirios de las santas, el de la experiencia.
Escrita con frase corta, mucho diálogo y una ironía fría hacia la respetabilidad burguesa —las cartas paternales del marido, la venta benéfica, el restaurante de espejos dorados—, la obra pertenece a la tradición francesa de la novela libertina moderna, más interesada en la mecánica del consentimiento arrancado que en el escándalo. El texto disponible corresponde a los primeros capítulos y se interrumpe en pleno avance del pacto, con la protagonista ya incapaz de distinguir qué parte de su obediencia le fue impuesta y cuál eligió. Contenido para público adulto.