Un padre narra, con crudeza y ternura, el descenso de su hijo Nic a la adicción a las metanfetaminas y el modo en que esa espiral pone a prueba los cimientos de toda la familia.
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Un padre narra, con crudeza y ternura, el descenso de su hijo Nic a la adicción a las metanfetaminas y el modo en que esa espiral pone a prueba los cimientos de toda la familia.
David Sheff reconstruye, desde su propia experiencia como padre, los años en que su hijo Nic pasó de ser un adolescente brillante, creativo y cercano a convertirse en rehén de la metanfetamina. El relato arranca con una escena luminosa —el regreso de Nic a casa por las vacaciones de verano, rodeado de sus hermanos pequeños, juegos, regalos y risas— para luego mostrar, con el mismo detalle cotidiano, cómo esa normalidad se resquebraja: horarios incumplidos, mentiras, un auto prestado que no vuelve a tiempo, la angustia nocturna de unos padres que ya no saben distinguir la explicación inocente del desastre inminente. Sheff no ofrece una crónica lineal de tragedia, sino un mosaico de instantes domésticos —cenas, tormentas, lecturas en voz alta, discusiones en la cocina— que revela cómo la adicción se infiltra en los gestos más pequeños de una vida familiar antes de manifestarse como crisis abierta. A la par de la historia de Nic, el autor entreteje su propio proceso: la culpa, la obsesión por encontrar una causa y una cura, el descubrimiento de Al-Anón y de otros testimonios que lo ayudan a sentirse menos solo, y la publicación de un artículo periodístico que despierta una oleada de cartas de otros padres, hermanos e hijos atrapados en historias semejantes. El libro se detiene también en el origen de todo: el nacimiento de Nic, los primeros años de una familia que se creía a salvo de este tipo de dolor. Más que un manual o una advertencia, es el testimonio de un padre que aprende, a un costo altísimo, que amar a alguien no basta para salvarlo, y que sobrevivir a la adicción de un hijo exige encontrar un modo de seguir viviendo sin poder controlar si él vivirá.