Dos tiempos se persiguen en esta novela. En 2043, el hombre más rico del planeta descubre que se muere sin diagnóstico posible y, en lugar de rendirse, sella una carta con lacre y pone en marcha un plan cuyo alcance nadie sospecha.
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Dos tiempos se persiguen en esta novela. En 2043, el hombre más rico del planeta descubre que se muere sin diagnóstico posible y, en lugar de rendirse, sella una carta con lacre y pone en marcha un plan cuyo alcance nadie sospecha. En 2016, un joven paleontólogo que huye de una fiesta y de un desamor se cuela en una galería sellada durante milenios y encuentra allí, junto a una Venus de piedra, un objeto negro, liso y perfecto que no debería existir. Entre ambos hallazgos se tiende un hilo que el lector va tensando página a página.
El relato abre con una cuenta atrás. Es abril de 2043 y Francis Pendelton Barrash, fundador y dueño único de una corporación energética que ha extendido su árbol y su sol por todos los rincones del mundo, acaba de leer el informe que confirma lo que ya intuía: una degeneración genética que nadie sabe nombrar está apagando su cuerpo, y le quedan meses. Su fortuna, sin precedentes, resulta inútil. Barrash se concede media hora exacta de autocompasión y un ron con hielo, y después trata su propia muerte como el resto de los problemas que ha resuelto en su vida: como un asunto técnico que exige el camino óptimo. Escribe unas líneas en una tarjeta, la lacra con su anillo y la entrega a su secretaria con instrucciones precisas. Queda tanto por hacer.
Veintisiete años antes, en junio de 2016, la novela retrocede hasta un cañón del valle del Leza, en La Rioja, donde un equipo pequeño y mal financiado excava una gruta con pinturas rupestres y restos de veinte mil años de antigüedad. Javier López Berrio, paleontólogo joven, perfeccionista y poco sociable, arrastra allí una herida reciente: su pareja lo dejó por el director de la excavación, un arqueólogo de prestigio y encanto abundante. La noche de la fiesta que inaugura la campaña, Javier decide quedarse fuera. La música lo expulsa igual, y termina caminando solo hacia la cueva con una linterna.
Lo que encuentra al otro lado del derrumbe supera cualquier expectativa profesional: una sala circular cubierta de caballos, bisontes, manos, figuras humanas, un compendio de estilos y épocas que no deberían convivir en un mismo muro. Y sobre una losa central, junto a una Venus paleolítica, un paralelepípedo negro de metal pulido, sin ranuras, sin marcas, sin explicación posible. Su formación le dice que aquello es imposible; su instinto, herido y suspicaz, le dice que es una broma cruel montada a su costa. Javier elabora entonces una teoría impecable, se guarda el objeto en el fondo de una maleta y sale corriendo a anunciar solo la mitad de lo que ha visto.
De vuelta en 2043, una socióloga brillante recibe en pleno almuerzo un sobre lacrado que un mensajero uniformado le obliga a leer de inmediato y en privado. La escena cierra el círculo que la novela venía dibujando: un hallazgo escondido por orgullo, una empresa que ha reorganizado el mundo entero, y una convocatoria que llega demasiado tarde para su remitente. La obra combina el detalle del trabajo arqueológico con la intriga corporativa y el vértigo de un anacronismo que obliga a repensar el pasado y el futuro a la vez.