Londres, 1820. Dianthe Lovejoy tropieza en los jardines de Vauxhall con una cortesana moribunda que se le parece como una hermana y que, antes de expirar, le arranca una promesa: detener a su asesino.
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Londres, 1820. Dianthe Lovejoy tropieza en los jardines de Vauxhall con una cortesana moribunda que se le parece como una hermana y que, antes de expirar, le arranca una promesa: detener a su asesino. Con el arma en la mano y sangre en el vestido, se convierte en la única sospechosa. Perseguida por Bow Street y decidida a no arrastrar al escándalo a sus amigas, acaba aceptando el refugio del único hombre al que desprecia: lord Geoffrey Morgan, jugador de pésima fama.
Gail Ranstrom sitúa esta novela de suspense romántico en el Londres de la Regencia, en agosto de 1820, y arranca con la escena que decide todo lo demás: una noche de fuegos artificiales en Vauxhall Gardens, un sendero mal iluminado y un cuerpo tendido bajo una madreselva. Dianthe Lovejoy, joven de buena familia separada de sus acompañantes, encuentra agonizante a Nell Brookes. La moribunda la llama por su nombre, le advierte de que ella será la siguiente y le exige la promesa de que el culpable no quedará impune. Cuando acuden los curiosos, Dianthe sostiene el cuchillo y lleva el vestido manchado; el parecido casi gemelo entre ambas mujeres convierte la coincidencia en acusación.
El médico que examina el cadáver no disimula su desconfianza, nadie vio a otro sospechoso en los caminos y en el bolso de la víctima aparece una nota con el nombre y la dirección de Dianthe. Sin familia en la ciudad —su tía de viaje de bodas en Italia, su hermana en las Highlands—, rechazada en un hostal tras otro por viajar sin acompañante y negándose a comprometer a las damas de la Wednesday League, que se ofrecen a esconderla y a investigar por ella, termina literalmente sentada en un banco con una maleta a los pies.
Allí la encuentra lord Geoffrey Morgan: barón caído en desgracia, jugador temido en las casas de Covent Garden, el hombre al que Dianthe detesta desde que estuvo a punto de costarle la vida a un pariente. Lo que ella ignora es que Morgan lleva cuatro años persiguiendo a un tratante de mujeres atrincherado en Tánger, que Nell colaboraba con él y que su muerte ha borrado la única pista viva del caso. Le ofrece una mansión vacía en el West End menos por compasión que por saldar una deuda de honor con Adam Hawthorne, el hombre que recibió por él una bala.
De ese pacto incómodo —él convencido de que manejar a la muchacha será un juego de niños, ella resuelta a cumplir la promesa hecha a una desconocida— nace el motor del libro: para desenmascarar al asesino, Dianthe deberá ocupar el lugar de la víctima y aprender, del maestro menos recomendable, a comportarse como una cortesana. Salvar su reputación exigirá arruinarla primero, y la lección se volverá contra quien la imparte.
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