Cuando un alumno nuevo entra a mitad de curso en una clase de quinto, lo único que trae consigo es un papel amarillento con su nombre —Beniche— y el de un pueblo que ya no figura en los mapas.
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Cuando un alumno nuevo entra a mitad de curso en una clase de quinto, lo único que trae consigo es un papel amarillento con su nombre —Beniche— y el de un pueblo que ya no figura en los mapas. Diego, el narrador, y su madre Claudia, maestra del grupo, intentan primero protegerlo de las burlas y después comprender de dónde viene ese chico callado y desgarbado que escucha más de lo que habla, y que parece entenderse con las palomas del patio, con el perro de la casa y con una gata negra recogida en la calle. Lo que empieza como un gesto de acogida se convierte en una búsqueda: expedientes viejos, carreteras de montaña, aldeas casi vacías y un secreto que el niño guarda porque no sabe, o no puede, compartirlo.
Beniche llega a la escuela después de las vacaciones de Navidad sin cartilla, sin certificados, sin familia conocida: solo un papel gastado donde constan su nombre y su lugar de nacimiento, Nadie, un municipio de la sierra del Ocaso que quedó deshabitado hace una década, cuando un régimen tenaz de lluvias borró el único camino de acceso y derribó las casas. Vive en un piso tutelado, va y vuelve solo del colegio y responde con monosílabos. Es alto, flaco, con la ropa corta y un flequillo tras el que parece esconderse, y sus ojos de un azul intenso desconciertan a quien se detiene a mirarlos.
La historia la cuenta Diego más de diez años después, con la distancia justa para reconocer lo que entonces no supo ver. Su madre, Claudia, es la tutora de la clase y arrastra el duelo por la muerte del padre; Ramón, el director y amigo de la familia, la conoce lo bastante como para advertirle que no se implique más de la cuenta. Ella se implica igual. En el aula, mientras tanto, Juanjo —delegado de curso, presumido y de los que tiran la piedra y esconden la mano— convierte al recién llegado en blanco de burlas, bocadillos desmigajados por el patio y accidentes que nunca son intencionados.
La primera grieta en el misterio se abre en casa, cuando Beniche sabe algo que nadie le ha dicho: que el perro prefiere las galletas de antes. Luego llega Eugenio, el joven educador del piso, que confiesa entre titubeos lo que ha comprobado mil veces con la gata Noche. A partir de ahí, madre e hijo dejan de buscar explicaciones y empiezan a buscar orígenes. Una consulta en la biblioteca, una amiga en el juzgado y un mapa extendido sobre la mesa de la cocina los llevan hasta Orégano y Cinabrio, pueblos colgados de la ladera donde el frío de enero y la desconfianza reciben antes que las respuestas. Los antiguos vecinos de Nadie han muerto todos; queda un superviviente, un cabrero al que llaman loco por hablar de mujeres que viven en los manantiales, de una bruja, de una niña y de una cría que dejó atrás. Y está ingresado en algún hospital que nadie sabe nombrar.
El relato avanza sin prisa, alternando la crónica escolar con la investigación, y va sembrando piezas que no encajan todavía: un dibujo torpe de trazos torcidos, un cuadrado con una cruz y unas cajitas con ruedas; el destello de satisfacción que asoma en la mirada de Beniche cuando el matón lo hiere; un armario del que salen bolsas llenas de vendas, jarabes, pomadas y tiritas que no son para él, sino para dos nombres que hasta entonces nadie había pronunciado.
Es una novela de acogida y de perseverancia adulta, atenta a lo que sostiene a los niños que llegan de ninguna parte: una maestra que no sabe mirar hacia otro lado, un compañero que decide acercarse, un educador que se atreve a contar lo increíble. El elemento maravilloso —esa comunicación con los animales que todos los personajes terminan aceptando con naturalidad— funciona menos como magia que como llave: la forma que encuentra un chico sin palabras de decir lo que le pasó. Bajo la trama de intriga late una pregunta sencilla y persistente, la que Diego se sigue haciendo años después: qué pensaría Beniche de todos ellos al principio, y qué costaba tanto contar.
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