Una tarde de lluvia, en el asiento trasero del coche familiar, una dibujante de prensa de cincuenta y tantos años entiende con serena certeza que su marido —violinista, diez años más joven— se enamorará de la joven suplente que ocupa ahora…
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Una tarde de lluvia, en el asiento trasero del coche familiar, una dibujante de prensa de cincuenta y tantos años entiende con serena certeza que su marido —violinista, diez años más joven— se enamorará de la joven suplente que ocupa ahora su sitio delantero. Sin rabia ni resignación, solo con la lucidez recién estrenada de quien acaba de cruzar la menopausia, la narradora observa el desmoronamiento de un mundo íntimo desde dentro, entre la comedia y el desconsuelo.
Todo empieza con un cortado. Un camarero pregunta, con inocencia rutinaria, si lo quiere con leche de soja, y esa pregunta funciona como un veredicto: la narradora comprende que el mundo ya la ha clasificado. Es dibujante de viñetas en un periódico, corre sesenta kilómetros a la semana, bebe old fashioned, presume sin modestia de seguir siendo deseable, y guarda en el monedero un papel arrugado con análisis que nunca se hizo y un certificado tácito de menopausia que no ha contado a nadie, ni siquiera a su marido.
Minutos después sube al coche familiar —catálogo amarillento, paraguas plegable, bolsas por si la niña vomita— y encuentra a Cristina en su asiento: la nueva compañera de atril de su marido violinista, veintitantos años, pelo rosa, tatuajes, gafas de montura gruesa, zurda como ella, aficionada a lo amargo como ella. En el trayecto de vuelta a una urbanización inacabada cerca de Barcelona, entre un peaje y la salida del colegio, la narradora ve con nitidez lo que aún no ha ocurrido: él se enamorará de ella. Él no lo sabe. Ella tampoco. Solo la esposa lo sabe.
La novela avanza por dos cauces trenzados. Uno es el presente casi inmóvil del coche, donde cada gesto mínimo —un “¿no me veías?”, un “claroclaroclaroclaro”, un “please” dicho delante de la otra— se lee como prueba de un desplazamiento en marcha. El otro son los recuerdos que llegan mientras corre: la abuela mandando a los nietos a averiguar quién ha muerto, el hermano que ya no le habla, los maridos anteriores y los amantes cuyo orden ha olvidado, la ex a la que en su día quiso aplastar con toda la furia de sus estrógenos intactos.
El envejecimiento femenino se narra aquí sin épica ni autocompasión: la vista que ya no sirve ni de cerca ni de lejos y convierte el mundo en un lugar más feo de lo que es, las cejas que no pueden depilarse, la complicidad secreta entre mujeres, el reparto de papeles entre la vida artística y la domesticidad. Una voz descarnada, cómica y exacta que observa su propio relevo con la calma de quien ya no tiene rabia, pero tampoco consuelo.