Ya anciano y libre en Damasco, Bilal —hijo de esclavos abisinios, nacido y criado en la servidumbre de La Meca— rememora los veintidós años en que caminó junto a Mahoma. La novela de H. A. L.
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Ya anciano y libre en Damasco, Bilal —hijo de esclavos abisinios, nacido y criado en la servidumbre de La Meca— rememora los veintidós años en que caminó junto a Mahoma. La novela de H. A. L. Craig reconstruye desde dentro una vida de la que la historia apenas conservó unos pocos datos: la del hombre que se negó a azotar a un semejante, que sobrevivió a la tortura bajo el sol por pronunciar el nombre de un solo Dios, que fue comprado y liberado por Abu Bakr y que llegó a ser el primer almuédano del islam. Un relato en primera persona sobre la dignidad que ningún amo puede comprar.
Hay vidas que la historia recuerda con cariño y describe con tacañería. La de Bilal es una de ellas: se sabía que estaba allí, siempre al lado del Profeta, y a casi nadie le pareció necesario escribir más. H. A. L. Craig parte precisamente de ese vacío —un puñado de datos ciertos y un afecto multiplicado por los siglos— para levantar una novela que devuelve la voz a quien nunca la tuvo por derecho propio.
El narrador es el propio Bilal, viejo ya, instalado en Damasco, donde confiesa correr más peligro por las espinas de los rosales de su puerta que por la mano de cualquier amo. Desde esa serenidad tardía vuelve sobre la ciudad de su tormento: La Meca, un valle pardo sin un árbol ni un pájaro, sofocante hasta bien entrada la noche, y sin embargo imposible de apartar del pensamiento. Allí, a la sombra de la Kaaba —convertida entonces en almacén de trescientos sesenta ídolos que eran a la vez objeto de culto y fuente de ingresos—, Bilal pasaba las mañanas agachado junto a otros esclavos, atento a la voz de su amo, el mercader Umaya.
Todo cambia en una sola escena. Interrogado ante los notables de la ciudad, un hombre libre y pobre llamado Amar repite la enseñanza que empieza a circular por La Meca: que todos los hombres son iguales ante Dios como los dientes de un peine. Umaya pone entonces un látigo en la mano de Bilal y le ordena que castigue esa boca. Bilal lo deja caer. Es un gesto minúsculo y absoluto, del que arranca cuanto viene después: la noche atado en los cuartos de los esclavos, con los recuerdos de un padre agotado antes de tiempo y una madre que tosió hasta morir; la entrega a un Dios que aún no sabe nombrar; el suplicio bajo el sol y las piedras; la aparición de Abu Bakr, que compra por doscientos dirhams a quien estaba dado por muerto y le devuelve la libertad.
De ahí en adelante el libro se convierte en una crónica íntima de la primera comunidad musulmana, vista siempre desde abajo y desde el afecto: la casa donde Alí hace volteretas y Mahoma lo recoge al vuelo, los dátiles más dulces reservados al recién llegado, la puerta que Bilal aprenderá a golpear cada madrugada para anunciar la hora de la oración. El retrato del Profeta que emerge es deliberadamente humano —Craig insiste, por boca de su narrador, en que aquí no hay milagros, sino la capacidad de mostrarle a cada hombre la fuerza que ya llevaba dentro—, y frente a él se perfilan figuras memorables del bando contrario, como el calculador Abu Sufyán o la risueña y cruel Hind.
Nacida de una sugerencia de Mustafá Akkad mientras ambos trabajaban en el guion de una película sobre Mahoma, la novela mantiene ese pulso escénico: diálogos secos, imágenes precisas, un narrador que se disculpa por salirse del tema y reclama para un anciano el derecho a cierto desorden. El resultado es menos una biografía que un testimonio moral sobre la esclavitud, la igualdad y el instante exacto en que un hombre descubre que nada puede obligarle a obedecer.