Bill, sargento veterano de la Armada galáctica y coleccionista involuntario de pies de repuesto, es reclutado por el Bureau Galáctico de Investigación para una misión que suena demasiado bien: viajar a Mundobar, el planeta balneario…
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Bill, sargento veterano de la Armada galáctica y coleccionista involuntario de pies de repuesto, es reclutado por el Bureau Galáctico de Investigación para una misión que suena demasiado bien: viajar a Mundobar, el planeta balneario legendario donde el alcohol es auténtico. Antes tendrá que localizar y mantener sobrio al soldado más borracho del servicio activo. Una sátira desatada de la space opera militar, la burocracia imperial y la propaganda de guerra.
En un imperio galáctico gobernado por un emperador estrábico cuyo retrato holográfico devuelve el saludo, el sargento Bill —oriundo de Phigerinadon II, lector confeso de cómics y propietario de un pie de doce dedos con uñas doradas y piel de tela escocesa— es convocado a las oficinas del Galactic Bureau of Investigation. Allí lo recibe un cartel que exhorta a matar chingers por Krishna, un burócrata mutante de piel verde con el pie más hermoso jamás visto y un subdirector, J. Edgard Insuflador, que interroga a las visitas apuntándolas con obuses láser y despacha androides enemigos a serruchazos para mantener la forma.
El encargo es tan improbable como irresistible: se ha detectado una posible grieta en la continuidad temporal, los chingers podrían estar detrás, y el destino del universo pende de unos hombros considerables. El destino es Mundobar, el planeta que todo soldado galáctico ha soñado y ninguno ha visto, porque los permisos dejaron de existir hace mucho. Bill se ofrece voluntario antes de escuchar el resto de la frase. La condición previa: encontrar al teniente Galletomarino Duro, Júnior, oficialmente el hombre más alcohólico del servicio activo, mantenerlo lúcido lo suficiente para explicarle la misión y entregarlo en el Bureau. La búsqueda arranca en Bragamundo —capital burocrática de la galaxia y centro de fabricación de lencería femenina— y se complica de inmediato: Duro acaba de ser destinado a Un Planeta Dejado de la Mano de Dios, y su nave despega en dos horas desde unas pistas imperiales que, tras la holofachada de gloria y aventura, son humo grasiento, cascos agujereados y catapultas de vapor.
El relato avanza por acumulación cómica: la amenaza instruida del Partido Comunpop —en realidad un club de lectores perseguido hasta convertirse, por pura torpeza estatal, en los revolucionarios que el gobierno temía—, los chingers reales de veinte centímetros contra los monstruos de dos metros del cartel oficial, las trabajotomías que dejan a los soldados sonrientes y preprogramados, el alcohol de dudosa procedencia funeraria. Bajo el humor de trazo grueso late una sátira precisa sobre cómo un aparato de propaganda fabrica enemigos, cómo la burocracia sobrevive a su propia inutilidad y cómo un soldado raso aprende a moverse entre ambas cosas sin hacer preguntas que no convienen. Bill no es un héroe: es un superviviente con una sed muy concreta y un objetivo que, por una vez, le pertenece.
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