¿Por qué la materia viva y la inerte, hechas de los mismos átomos, se comportan de forma tan distinta? Desde esa pregunta arranca este ensayo de divulgación, que recorre el territorio donde la física cuántica se cruza con la biología:…
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¿Por qué la materia viva y la inerte, hechas de los mismos átomos, se comportan de forma tan distinta? Desde esa pregunta arranca este ensayo de divulgación, que recorre el territorio donde la física cuántica se cruza con la biología: efecto túnel, coherencia, entrelazamiento y decoherencia aplicados a la fotosíntesis, la genética, el olfato o la migración de las aves. Un itinerario en cuatro capítulos que va del micromundo a las grandes preguntas sobre el origen de la vida y de la mente.
Escrito en primera persona y abierto con una carta al lector, este libro propone una manera poco habitual de mirar lo que nos resulta más familiar: estar vivos. Su punto de partida es una constatación incómoda: la materia inerte y la materia viva comparten átomos y moléculas y, sin embargo, se comportan de modos radicalmente distintos. También la frontera entre la vida y la muerte, ese tránsito que dura segundos o minutos, sigue siendo un enigma.
Para abordarlo, el autor reconstruye primero una genealogía intelectual. Recuerda cómo, en los años treinta, un grupo de físicos intuyó que la biología podía ser terreno fértil para la mecánica cuántica, y cómo el ensayo de Schrödinger de 1944 fijó tres ideas duraderas: el orden desde el desorden, la neguentropía como condición del ser vivo y el cristal aperiódico que anticipó la estructura del código genético. Repasa también el largo escepticismo posterior —¿puede sostenerse la coherencia cuántica en un medio caliente, húmedo y turbulento como un organismo?— y el giro que supuso, en 2007, la primera evidencia experimental de coherencia en la fotosíntesis.
El recorrido se organiza en cuatro capítulos de dificultad creciente. El primero repasa los fundamentos —los cuantos, el fotón, el principio de incertidumbre, el espín, la función de onda y la superposición— para detenerse en los efectos no triviales: efecto túnel, latidos cuánticos, entrelazamiento, efecto Zenón, resonancia estocástica y la decoherencia por la que emerge el mundo clásico. El segundo introduce el vocabulario mínimo de la química de la vida: enlace, reacción, radicales libres, proteínas, enzimas y lípidos. El tercero, núcleo del libro, examina procesos concretos: quiralidad, genética y epigenética, fotosíntesis, respiración, magnetorrecepción aviar y olfato. El cuarto se adentra en terreno más especulativo, el de los tres grandes interrogantes: el origen del universo, el de la vida y el de la consciencia.
El tono combina rigor y cercanía. Las analogías cotidianas —el dique y sus filtraciones, el lápiz visto de frente y de perfil, la señal de doble sentido como icono del principio de exclusión— sostienen los conceptos más áridos, y el autor advierte con franqueza de sus propios sesgos y deja fuera cualquier apelación religiosa. Un epílogo reúne investigaciones recientes aparecidas en prensa. La conclusión, anticipada sin dramatismo, es que en lo pequeño queda aún un camino largo, quizá infinito.
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