Una viróloga brillante descubre, cruzando datos dispersos por la red, que un virus considerado inofensivo se ha extendido sesenta veces más de lo que admiten las cifras oficiales. Tiene la vacuna.
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Una viróloga brillante descubre, cruzando datos dispersos por la red, que un virus considerado inofensivo se ha extendido sesenta veces más de lo que admiten las cifras oficiales. Tiene la vacuna. Lo que no tiene es a nadie dispuesto a creerle.
Clara Fend trabaja sola un viernes por la noche en una de las pocas terminales del Old King’s College de Londres que no exige identificación digital. Frente a ella se despliega un sistema de rastreo nacido en la lucha antiterrorista, capaz de leer blogs, redes sociales, historiales odontológicos, signos vitales de pulseras deportivas y conversaciones en cien idiomas. Clara lo ha reorientado hacia un fin distinto: seguir el rastro de una enfermedad infecciosa que nadie está contando bien. Llama biovigilancia a ese método. Cuando el contador se detiene, la cifra que aparece en pantalla —más de diez mil infectados por el virus LPV, casi sesenta veces los casos declarados— la deja temblando entre la euforia del hallazgo y la certeza de lo que implica.
El LPV es, por ahora, un virus banal: molestias parecidas a una gripe, grietas en la boca, calambres, síntomas que la gente prefiere consultar en internet antes que en un consultorio. Pero cada portador es una oportunidad de mutación, y basta un cambio mínimo en su esqueleto genético para convertirlo en algo letal. Clara lo sabe mejor que nadie: dedicó una década a un patógeno que ningún gobierno consideró digno de presupuesto porque no figuraba en las listas de amenazas bioterroristas, y de esa investigación solitaria salió la fórmula 4yu, la primera vacuna transmisible de la historia, cuya patente cedió a nombre de la humanidad.
Ese gesto, que la enorgullece, resulta ser también su condena: sin beneficios en juego, nadie tiene motivos para arriesgarse por ella. En el instituto, sus colegas no discuten si las cifras son ciertas —discuten si los datos fueron obtenidos de manera legítima, y ahí se detiene todo. Ningún comité de ética aprobaría un estudio sin consentimiento informado; sin comité, no hay publicación; sin publicación, la información sencillamente no existe. El director del centro le muestra un gráfico de la Organización Mundial de la Salud donde la curva de casos se aplana y anuncia, con satisfacción apenas contenida, que la campaña de vacunación quedará fuera de las prioridades. Su asesor aporta el filo personal, insinuando que la doctora Fend ha perdido el espíritu crítico. Cuando Clara busca refugio en su antiguo maestro, un profesor alemán tan generoso como calculador, descubre que él también tiene compromisos, agendas y deudas propias.
Biovigilados, de Roxana Tabakman, avanza sobre un territorio inquietante por lo reconocible: la enorme cantidad de información íntima que cada persona entrega sin advertirlo, y la pregunta de quién puede legítimamente leerla y para qué. La novela sostiene esa tensión sin resolverla a favor de nadie. Clara invade la privacidad ajena con la misma naturalidad con que un médico pide a un paciente que se desnude, y sus adversarios defienden un derecho que ella misma no discutiría en otro contexto. Alrededor circulan la política de los subsidios, el prestigio como moneda, los premios científicos negociados en secreto y mensajes cifrados guardados en el ADN de una bacteria dentro de una bodega alemana. Lo que queda es el retrato de una investigadora convencida de tener razón en un sistema que ha decidido, por razones que no son científicas, que no puede tenerla.