Un recorrido histórico por los casi mil años de vínculo entre Venecia y Constantinopla: desde el nacimiento de la ciudad lagunar como territorio bizantino hasta la caída del imperio de Oriente en 1453.
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Un recorrido histórico por los casi mil años de vínculo entre Venecia y Constantinopla: desde el nacimiento de la ciudad lagunar como territorio bizantino hasta la caída del imperio de Oriente en 1453.
Venecia no nació libre. Esa es la premisa que este volumen de la colección Papeles del Tiempo defiende con paciencia documental frente a las leyendas que los propios cronistas medievales cultivaron sobre los orígenes de la ciudad. Giorgio Ravegnani reconstruye cómo la aglomeración urbana de las lagunas se formó por etapas —no en una huida súbita ante Atila, como quiso la tradición recogida incluso por Constantino VII Porfirogénito, sino a lo largo de setenta años de repliegue planificado por las autoridades imperiales tras la invasión longobarda de 568—, y cómo su primera identidad política fue la de una provincia bizantina gobernada por tribuni y luego por un dux nombrado según las leyes administrativas de la Italia imperial.
El libro sigue esa relación a través de sus mutaciones. La caída de Rávena en 751 y el desgaste del exarcado aflojan el control directo de Constantinopla; la paz de Aquisgrán de 812 fija a Venecia en la órbita oriental; y de ahí en adelante la subordinación se adelgaza hasta una independencia que el autor se niega a datar con precisión, porque nunca fue un corte sino una ambigüedad prolongada, sostenida por un sistema de valores en el que Bizancio seguía siendo la heredera reconocida de Roma. Ese «bizantinismo» veneciano deja huella en las instituciones, el arte y los títulos nobiliarios que los dogos solicitaban para apuntalar su rango, y alcanza su expresión máxima en 1082, cuando Alejo I Comneno recompensa la ayuda contra los normandos con un barrio en Constantinopla y franquicia aduanera en casi todo el imperio.
De esa concesión —quizá demasiado generosa— nace la expansión comercial que envenena el siglo siguiente: el intento fallido de Juan II de revocarla, el arresto masivo de venecianos ordenado por Manuel I en marzo de 1171, la desconfianza que ya no se repara. Cuando en 1203 la Cuarta Cruzada se desvía hacia Constantinopla, el dogo Enrique Dandolo no encuentra motivos para abstenerse. El relato continúa con el Imperio Latino y la formación del dominio colonial veneciano en Oriente, la restauración paleóloga de 1261, la decadencia irreversible que convierte a Constantinopla en rehén de Génova y Venecia, y la larga sombra del avance otomano, ante el cual la República alterna ligas cristianas, pragmatismo negociador y auxilios puntuales —la defensa de Tesalónica, la flota que en 1453 zarpa tarde.
Los capítulos iniciales son también un ejercicio de método: Ravegnani examina las fuentes disponibles —la Istoria Veneticorum de Juan Diácono, el desordenado Origo civitatum, la crónica oficial de Andrés Dandolo— y advierte de sus silencios y deformaciones antes de reconstruir el marco romano de la Venetia et Histria, su red de calzadas y canales, la descripción que Casiodoro dejó de unos habitantes instalados «a la manera de los pájaros acuáticos», y el desgaste sucesivo de visigodos, hunos, ostrogodos y la guerra greco-gótica. El resultado es una historia de dependencia, provecho y herencia: mucho de lo que fue Bizancio sobrevivió a través de Venecia, en sus colonias mediterráneas, en el cultivo de la cultura griega y en la comunidad de refugiados que acogió.
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