En el día de su boda, Beatriz —que todos abrevian como Bea— descubre que el vértigo pesa más que la felicidad: un padre recién muerto, una empresa familiar que ahora le toca sostener, la fotografía de una mujer desconocida y un collar con…
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En el día de su boda, Beatriz —que todos abrevian como Bea— descubre que el vértigo pesa más que la felicidad: un padre recién muerto, una empresa familiar que ahora le toca sostener, la fotografía de una mujer desconocida y un collar con demasiada historia. El reencuentro con Rubén, peluquero de estrellas, y con Vero la Roja, artista sin éxito y con carácter de sobra, convierte la celebración en un ajuste de cuentas con el pasado.
Trescientos invitados, una carroza, un vestido, flores contadas una a una: Beatriz de Segura Monleón ha cuidado cada detalle del día más importante de su vida. Y sin embargo, mientras el sacerdote pronuncia su nombre completo —ese que nadie usa, porque todo el mundo se come con glotonería las cuatro últimas letras—, lo que siente no es alegría sino el filo de una advertencia. Hay una Bea que quiere casarse y una Beatriz que solo dice “sí, quiero” sin consentir del todo. La novela ocurre en ese desajuste.
La boda es apenas el escenario. Debajo se mueven una muerte reciente —la del padre—, un cargo heredado en la empresa familiar que Beatriz no eligió, unas pastillas para dormir que guarda en un cajón y que su madre desconoce, y un misterio de contorno preciso: la foto de una mujer a la que nadie nombra y el collar que la madre luce ese mismo día, unidos por un vínculo que amenaza con reordenar la biografía entera de la novia.
La narración se reparte entre tres voces que se turnan en capítulos breves y de temperatura muy distinta. Beatriz observa desde dentro, con una lucidez que raya en la disociación: los vencejos que cruzan el amanecer, la tarta que eligió su prometido, el ronquido que ella no ha confesado a nadie. Rubén, peluquero de actrices, convierte la laca, los perfumes y las revistas de la recepción en un sistema de lectura del mundo, mordaz y clasista al revés, capaz de descifrar a una desconocida en un vagón de tren por el chal que asoma del bolso. Y Verónica, la Roja —soriana de nacimiento, pamplonica de vocación, artista de escaso éxito—, aporta el desparpajo, la autoironía sobre su propia fealdad declarada y una memoria poblada de curanderos, verrugas y santos que atendían mal las peticiones.
Entre el humor de brocha ancha y la melancolía sostenida, la novela va tirando del hilo de una amistad de juventud que sobrevivió a los sanfermines, a los viajes por Europa y a los pisos prestados, pero que llega al banquete con cuentas pendientes. Ninguno de los tres está preparado para el balance, aunque los tres aparenten lo contrario. Al fondo, siempre, la pregunta que Beatriz no se atreve a formular en voz alta: cuánto conoce realmente al hombre con el que acaba de casarse, y qué queda de ella cuando le quitan las cuatro últimas letras del nombre.