Una crónica histórica sobre el nacimiento y la edad dorada de Atlantic City, el balneario que pasó de ser una isla de arena casi inhabitable a convertirse en el patio de recreo de la clase trabajadora estadounidense.
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Una crónica histórica sobre el nacimiento y la edad dorada de Atlantic City, el balneario que pasó de ser una isla de arena casi inhabitable a convertirse en el patio de recreo de la clase trabajadora estadounidense. El libro reconstruye cómo el ferrocarril, el capital inmobiliario, la mano de obra barata y una alianza duradera entre políticos y operadores del vicio hicieron posible el ascenso de la ciudad, con figuras como el doctor Jonathan Pitney, el Comodoro Kuehnle, Nucky Johnson y Hap Farley como hilo conductor de un relato sobre poder, corrupción y reinvención urbana.
El libro arranca con una escena de entreguerras en el vestíbulo del hotel Ritz Carlton, donde el todopoderoso Nucky Johnson recibe a una humilde ama de casa desesperada por el dinero perdido por su marido en las salas de juego. Ese gesto de generosidad calculada sirve para presentar al lector la lógica que gobernó Atlantic City durante décadas: una ciudad construida enteramente para el placer de los visitantes, sostenida por una alianza tácita entre la política local y la industria del vicio. A partir de ahí, la narración retrocede hasta los orígenes del balneario, mostrando cómo la isla Absecon, un territorio de dunas, ciénagas y mosquitos habitado apenas por la familia Leeds, fue imaginada por el médico rural Jonathan Pitney como un futuro destino de salud y recreo. Frustrado por la medicina y por una carrera política fallida, Pitney dedicó años a promover, sin éxito inicial, la construcción de una línea de ferrocarril que uniera Filadelfia con la isla, chocando con el escepticismo de los legisladores y con la sombra de balnearios ya consolidados como Cape May. Su suerte cambió al aliarse con Samuel Richards, heredero de una de las familias más poderosas del sur de Nueva Jersey, cuyo interés económico en el ferrocarril terminó por destrañar el proyecto. El relato traza después la consolidación de Atlantic City como destino turístico de masas para los obreros de las fábricas de Filadelfia, y cómo esa vocación popular exigió una estructura de poder específica: comerciantes dispuestos a ofrecer alcohol, juego y compañía femenina al margen de la ley, y una clase política capaz de proteger esos negocios a cambio de una parte de las ganancias. Se describe el mandato de Louis ‘el Comodoro’ Kuehnle como primer jefe político de la ciudad, el ascenso de Nucky Johnson —el legendario Tesorero del Condado de Atlantic durante la Ley Seca, capaz de moverse con la misma soltura entre presidentes y mafiosos—, su caída por evasión de impuestos tras una investigación federal de varios años, y la llegada de su sucesor, Frank ‘Hap’ Farley, quien sostuvo su poder en Trenton apoyándose en operadores como Jimmy Boyd y Herman ‘Stumpy’ Orman mientras la ciudad entraba en un declive de posguerra que ningún despliegue político pudo revertir. El libro cierra ese ciclo con la legalización del juego en 1976 como intento de resurrección, presentando a Atlantic City como un microcosmos de las contradicciones estadounidenses: una comunidad real de iglesias, escuelas y barrios que, sin embargo, debió su identidad y su fortuna a la promesa de una diversión sin ataduras.
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