Un realizador de televisión viaja en 1982 a la costa de Almería y tropieza, casi por accidente, con los escenarios reales del llamado «Crimen del Fraile», el suceso de 1928 que inspiró a García Lorca su Bodas de sangre.
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Un realizador de televisión viaja en 1982 a la costa de Almería y tropieza, casi por accidente, con los escenarios reales del llamado «Crimen del Fraile», el suceso de 1928 que inspiró a García Lorca su Bodas de sangre. Lo que empieza como el reportaje previo a un documental se convierte en una indagación que mezcla la búsqueda de testigos y supervivientes con la experiencia sentimental del propio investigador. El libro se presenta como un manuscrito perdido durante décadas y recuperado por azar, y conserva las tres capas con que fue escrito: el cuaderno de campo, la narración novelada y un tratamiento cinematográfico que reconstruye la tragedia.
En el verano de 1982, un realizador de documentales de televisión recorre a pie la costa almeriense con una mochila, un saco de dormir y una cámara al cuello, más para desahogar una ruptura reciente que para trabajar. Entre torres de vigilancia, calas y ramblas descubre que aquel paisaje seco, cegado de luz y aparentemente vacío guarda la memoria de un suceso que llenó los periódicos en julio de 1928: una novia que desaparece el día de su boda y es hallada junto al cadáver del hombre con quien huyó. Del romance popular que se cantó durante años en los pueblos andaluces salió también la obra teatral que fijó el caso en la imaginación colectiva. El narrador convence a sus jefes, vuelve al final del verano y pasa semanas por los campos de Níjar buscando a los protagonistas que todavía viven.
La investigación arranca por una puerta imprevista. Fotografiando un molino en ruinas, el narrador conoce a su propietario, un terrateniente cordial y satisfecho de sí mismo que resulta ser también dueño del cortijo donde se celebró aquella boda. La invitación a comer lo introduce en una casa blanca sobre las rocas, con playa privada y azulejo en la puerta, y en una familia que lo acoge con una naturalidad desconcertante: la madre, que administra fincas y arrendatarios con mano firme, y dos hijas de veintitantos años —una morena, elocuente y luminosa; la otra rubia, consciente de su efecto y hábil en administrarlo— entre las que el visitante queda dividido, deslumbrado y algo ridículo, en un juego de deseo, vanidad y cálculo social que él mismo narra sin indulgencia.
Alrededor de esa mesa se dibuja el segundo conflicto del libro. Una bomba de poca potencia estalla junto a las máquinas que abren la carretera de la costa, y con ella entra en escena el pulso entre quienes esperan que el asfalto multiplique el valor de sus tierras y quienes defienden el litoral tal como está. En las conversaciones familiares aparece una y otra vez, entre el reproche y la ternura, la figura ausente de una prima incómoda, militante ecologista y vetada en la casa, cuyo nombre el narrador empieza a perseguir con una curiosidad que aún no sabe explicar y que acabará cambiándolo más que ninguna otra cosa del viaje.
El volumen no oculta su condición de material superpuesto: reproduce con fidelidad las notas del cuaderno de campo —los caminos, las casas, las declaraciones de testigos—, las integra en una narración escrita años después a partir de recuerdos y emociones personales, y reserva unos capítulos aparte, con otra tipografía y numeración romana, para el tratamiento cinematográfico que recrea la tragedia de 1928 con los datos e impresiones reunidos sobre el terreno. El propio autor invita a leer esos capítulos donde están o a saltarlos y abordarlos por separado.
El resultado es un libro de fronteras porosas, donde el reportaje, la memoria sentimental y la ficción se iluminan sin fundirse. A la vez retrato de una comarca en el momento en que la especulación urbanística empieza a rozar el desierto, indagación en un crimen convertido en mito literario y confesión de un hombre que descubre que investigar a otros es una forma de averiguar quién es, con un paisaje que parece dibujado a propósito para la tragedia y una tensión que sostiene por igual el pasado que se reconstruye y el presente que se vive.