Una pareja regresa a Budapest seis años después de conocerse por azar en la cola de un consulado, y descubre que el escenario de su enamoramiento se ha convertido en el escenario de su desgaste.
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Una pareja regresa a Budapest seis años después de conocerse por azar en la cola de un consulado, y descubre que el escenario de su enamoramiento se ha convertido en el escenario de su desgaste. Mientras Marko cataloga líneas de autobús, nombres de plazas y compañías de taxi fiables, Marija mide el vacío que esa erudición inútil deja en el centro de la vida común. Entre un hotel de encanto envejecido y un Hilton impuesto de última hora, un ascensor averiado los encierra el tiempo justo para que salga a la superficie todo lo que llevaban años sin decirse.
Un taxi sube por una calle empinada hacia la fortaleza de Buda en una mañana de abril inusualmente cálida. Dentro van Marko y Marija, que vuelven a la ciudad donde empezó su historia. Él viene a presentar un libro; ella, a recuperar un lugar que ha idealizado durante meses. Ninguno de los dos dice en voz alta que este viaje es también una prueba.
La novela avanza alternando ese presente con el recuerdo del primer encuentro: una tarde de septiembre en la que Marija, deshecha tras despedir en el aeropuerto a una amiga que se marchaba a Estados Unidos para siempre, contestó por casualidad a la llamada de un desconocido al que apenas había visto haciendo cola en un consulado. Del café de una plaza céntrica a un local con veranda al otro lado del río, aquella cita improbable se convirtió en el principio de una vida compartida. El relato reconstruye esas horas con una lucidez casi cruel: dos personas cansadas de sus vidas anteriores, dispuestas a confundir el alivio con el destino.
El retrato de Marko es el corazón del libro. Sin profesión definida, con estudios abandonados de Medicina y Filosofía antes de una licenciatura en literatura comparada, se ha construido una identidad hecha de datos menores: qué escritor vivió en tal casa, dónde estuvo el taller de máquinas de escribir de su tío, qué compañías de taxi no estafan, por qué conviene comprar el abono de transporte de tres días. Marija lo llama, con una mezcla de ternura y agotamiento, jardinero de oportunidades perdidas: un hombre que riega banalidades con esmero mientras evita cuidadosamente el espacio que debería haber sido su vida. Ella, en cambio, discute, provoca, exige presencia; su ironía es una forma de pedir que alguien deje de esconderse.
Alrededor de esa tensión íntima, el libro dibuja un mapa moral más amplio. Una partida de trileros frente a una iglesia da pie a una discusión sobre el fraude a pequeña y a gran escala: las colas ante los consulados, los visados como bolita imposible de acertar, las fronteras que reparten las reglas de manera desigual. La geografía del este de Europa —trenes, controles, gente expulsada arbitrariamente de un vagón, autobuses urbanos que unen barrios de Belgrado con recuerdos de Budapest— no es decorado, sino la materia misma de una relación entre dos personas acostumbradas a moverse por un continente que las tolera con reservas.
El reencuentro con el hotel de sus aniversarios se rompe cuando el editor los realoja, sin avisar, en la cadena internacional de enfrente. La discusión que sigue, atrapados unos minutos en un ascensor entre dos plantas, condensa seis años: el pánico de él, la calma sarcástica de ella, la frase que se pronuncia una sola vez y ya no puede retirarse. Después vendrán la reconciliación provisional, el pasillo de moqueta, la ventana con vistas al río y la certeza de que ninguna vista compensa lo que acaba de decirse.
Escrita con una prosa precisa, atenta al detalle doméstico y capaz de abrirse de pronto a largas imágenes de navegación y cartografía, es una novela sobre la memoria como coartada, sobre el amor que sobrevive a base de reciclar sus propias cenizas y sobre lo que cuesta distinguir un comienzo verdadero de la repetición del anterior. Quien la lea reconocerá en Marko y Marija el pulso exacto de cualquier pareja que ha regresado a un lugar feliz para comprobar si todavía lo es.