A partir de sus recuerdos personales y de las cartas que conservó, la autora reconstruye los años de su amistad con Jorge Luis Borges, entre 1944 y 1952, el período en que el escritor compuso El Aleph y le dedicó ese cuento.
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A partir de sus recuerdos personales y de las cartas que conservó, la autora reconstruye los años de su amistad con Jorge Luis Borges, entre 1944 y 1952, el período en que el escritor compuso El Aleph y le dedicó ese cuento. Más que una biografía convencional, el libro es un testimonio en primera persona que busca al hombre detrás del mito: sus contradicciones, su timidez, sus ideas sobre la patria, el misticismo y el amor, enmarcadas en una Buenos Aires que cambiaba de rostro con la llegada del peronismo.
El libro se presenta como un relato sin pretensiones académicas: no hay bibliografía ni aparato erudito, sino el testimonio directo de quien fue amiga cercana de Jorge Luis Borges durante los años de su plena madurez creativa. La narradora advierte desde el comienzo que su propósito no es juzgar la obra sino iluminar al hombre que la escribió, cotejando la idea borgeana de la patria como ‘decisión’ con la fatalidad del origen que el propio escritor tendía a minimizar.
El relato arranca en 1944, en una tertulia literaria en casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, donde la autora conoce a un Borges todavía ajeno a la fama masiva, apreciado en círculos intelectuales pero desconocido por el gran público. De ese encuentro surge una relación intensa: caminatas nocturnas de horas por Buenos Aires —el Parque Lezama, Constitución, la Boca, Adrogué—, llamadas telefónicas diarias, libros regalados como gesto de afecto y una correspondencia que se convierte en el hilo conductor del libro.
A través de esas cartas y de escenas cotidianas, se dibuja un Borges esquivo y contradictorio: gárrulo en público pero reservado en lo íntimo, atraído por la experiencia mística y aterrado por el sexo, prisionero de las convenciones sociales de su clase pese a proclamarse amante de la libertad. La autora vincula esos rasgos con claves de su literatura —El Aleph, El Zahir, La escritura del dios, La muerte y la brújula— leídas no como ejercicios intelectuales fríos sino como cifras de una biografía secreta.
El relato se despliega también hacia el telón de fondo histórico: la Argentina del cambio de siglo, su ilusión de riqueza y europeísmo, el ocaso de esa fachada con la irrupción del peronismo, un fenómeno que Borges vivió con incomprensión y rechazo. Sobre ese fondo político y social se recorta la historia de un vínculo afectivo que la propia narradora describe como un amor frustrado, y que se prolonga, con intermitencias, hasta los últimos meses de vida del escritor, cuando decide morir lejos de Buenos Aires, en Ginebra, en un gesto que ella interpreta como su forma final de liberación.
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