Un recorrido interdisciplinar por la historia y la ciencia de la embriaguez que propone una tesis provocadora: emborracharse no fue nunca un simple desliz evolutivo, sino una herramienta que ayudó a la humanidad a cooperar, crear y…
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Un recorrido interdisciplinar por la historia y la ciencia de la embriaguez que propone una tesis provocadora: emborracharse no fue nunca un simple desliz evolutivo, sino una herramienta que ayudó a la humanidad a cooperar, crear y construir sociedades a gran escala.
Desde las tallas prehistóricas que muestran figuras bebiendo hasta los festines sumerios y los himnos védicos dedicados a bebedizos alucinógenos, la humanidad lleva milenios buscando formas de alterar su propia mente. Este ensayo parte de esa evidencia arqueológica e histórica para desmontar la idea, muy extendida en círculos científicos, de que el gusto humano por el alcohol y otras sustancias intoxicantes es un mero accidente evolutivo, comparable a la comida basura o a otros placeres que ‘engañan’ al cerebro sin cumplir ninguna función adaptativa real. Combinando neurociencia cognitiva, psicofarmacología, genética, psicología social, literatura y antropología, el autor sostiene que la intoxicación —desde el ligero achispamiento social hasta la embriaguez ritual— ha cumplido funciones concretas y valiosas a lo largo de la historia humana: rebajar temporalmente el control ejercido por la corteza prefrontal para estimular la creatividad, aliviar el estrés colectivo, generar confianza entre desconocidos y, sobre todo, resolver uno de los grandes retos de nuestra especie: lograr que primates profundamente tribales cooperasen más allá de los lazos de sangre. El libro recorre culturas y épocas —de los cultivadores de vid en el Cáucaso neolítico a los pueblos amazónicos que consumen ayahuasca, pasando por los rituales de kava del Pacífico y el consumo de cannabis en las estepas de Asia Central— para mostrar que allí donde el entorno lo permite, los seres humanos han dedicado recursos desproporcionados a fermentar, destilar o recolectar sustancias psicoactivas. Esa persistencia, argumenta el autor, sólo tiene sentido si la selección natural encontró en la intoxicación algo más que un vicio: un mecanismo que, pese a sus riesgos evidentes para el cuerpo y la mente, ayudó a que las primeras comunidades humanas se expandieran y prosperasen. El texto no elude los costes reales del consumo de intoxicantes ni sus peligros en el mundo contemporáneo, marcado por la destilación industrial y el aislamiento social, pero invita a repensar con rigor histórico y científico —y no sólo con prejuicios heredados— qué lugar deberían ocupar hoy el alcohol y otras sustancias en la vida personal y colectiva.