Sátira desbordante del fútbol español narrada en forma de diario terapéutico: Rafael Bravo, entrenador veterano y seguro de sí mismo hasta la caricatura, es nombrado seleccionador nacional como cuarta opción a quince días del Mundial,…
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Sátira desbordante del fútbol español narrada en forma de diario terapéutico: Rafael Bravo, entrenador veterano y seguro de sí mismo hasta la caricatura, es nombrado seleccionador nacional como cuarta opción a quince días del Mundial, después de que sus tres predecesores caigan en escándalos cada vez más delirantes. Su apellido, convertido en eslogan publicitario, desata una tormenta mediática que lo arrastra de la rueda de prensa triunfal al colapso absoluto en un plató de televisión.
Rafael Bravo se presenta como un hombre sin dudas: cuarenta y ocho años, dos ligas y una Champions a sus espaldas, y una fe inquebrantable en su propio instinto. Pero cuando la Federación lo nombra seleccionador de España —cuarta y última opción tras la caída en desgracia de tres candidatos, víctimas de escándalos que escalan de la evasión fiscal colectiva a una liga clandestina de ‘Quién es quién’ con personas reales—, sufre su primer ataque de ansiedad. Por prescripción de la psicóloga de la Selección, empieza a escribir un diario, y ese diario es la obra que el lector tiene entre manos.
Lo que sigue es la crónica, hora a hora, de un lunes que se convierte en descenso a los infiernos. La jefa de comunicación diseña un eslogan aparentemente infalible construido sobre su apellido, pero la maquinaria mediática lo tritura en cuestión de horas: los titulares lo convierten en cómplice de un delantero juerguista, las redes invierten sus palabras hasta volverlas irreconocibles y cada intento de aclaración fabrica un malentendido nuevo. La espiral culmina en una tertulia televisiva nocturna que degenera en puro delirio, de la que el protagonista escapa literalmente a la carrera, descalzo y con el traje hecho jirones, para terminar escribiendo en una gasolinera perdida mientras su reloj le anuncia que ya es martes.
La obra alterna este relato en tiempo real con digresiones de manual de autoayuda futbolística —como la teoría de que las ligas se ganan eligiendo bien la película que se proyecta en el autocar—, y en esa mezcla encuentra su tono: una comedia absurda y vertiginosa que funciona a la vez como parodia del periodismo deportivo, de la comunicación de crisis, de la masculinidad de vestuario y del ruido de las redes sociales. Bajo la carcajada asoma el retrato de un hombre que repite su propio nombre como un mantra sin saber ya quién es, atrapado en un circo que siempre corre más rápido que él.