Un edificio de vecinos, el número 29, es el escenario de una novela coral construida a partir de las voces y los recuerdos de sus inquilinos: una narradora que observa la calle desde un espejo colocado en su balcón, una niña que cava…
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Un edificio de vecinos, el número 29, es el escenario de una novela coral construida a partir de las voces y los recuerdos de sus inquilinos: una narradora que observa la calle desde un espejo colocado en su balcón, una niña que cava agujeros hasta desaparecer, un hombre que se convierte en árbol, una familia invisible a la que todos oyen pero nadie ve, y una puerta que conduce a un pasillo que no debería existir.
La acción transcurre entera dentro y alrededor de un edificio de departamentos identificado solo por su número, el 29, cuya historia se cuenta a través de fragmentos entrelazados: prólogos, diálogos sorprendidos al pasar, monólogos y escenas breves ubicadas según el piso y la puerta donde ocurren. Rita, vecina de toda la vida, hace de hilo conductor: instala un espejo en su balcón para ver la calle sin asomarse y reconstruye, a partir de lo que oye y de lo que le cuentan, los sucesos que no presencia directamente. El eje emocional del relato es la desaparición de Maia, una niña silenciosa y solitaria que desde pequeña cava agujeros en jardines y parques para esconderse dentro de ellos, hasta que un día no vuelve a salir; su ausencia moviliza búsquedas con perros, carteles pegados en farolas y el desasosiego de toda la comunidad. Alrededor de esa pérdida se despliegan otras historias igual de extrañas: un vecino medicado que, tras dejar de tomar sus pastillas, empieza a echar raíces y hojas hasta convertirse en un árbol frutal en el balcón de su esposa, atracción del barrio entero; los Will, una familia de la que nadie ha visto jamás el rostro pero cuyas voces y pasos se escuchan noche tras noche, lo que dispara turnos de vigilancia y teorías delirantes entre los vecinos; una puerta color óxido que aparece una sola vez en la escalera y da paso a un corredor helado y cubierto de vidrios rotos que después nunca vuelve a encontrarse; un inquilino que descubre una criatura sonriente en su inodoro, a la que llama Kasi, la instala en el bidet y organiza toda su vida en torno al secreto de protegerla de los vecinos entrometidos; una familia, los Moran, que decide vivir completamente a oscuras y solo sale de noche; y un hombre, Tom, que durante meses habita el ascensor del edificio sin que nadie repare en su presencia. Entre diálogos superpuestos de vecinas que intentan descifrar un ruido sordo en el piso de arriba y la voz de una joven que recuerda su historia de amor con un chico obsesionado con el silencio del departamento vacío de los Will, la obra construye el retrato coral de una vivienda donde lo doméstico y lo fantástico se entrelazan sin aviso, y donde cada puerta cerrada guarda una versión distinta de lo que de verdad ocurre bajo un mismo techo.
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