Trece relatos y medio que rastrean el miedo allí donde resulta más incómodo: en lo cotidiano. David Navarro Lloret alterna ficciones sobre la muerte y sus alrededores con estampas de una infancia reescrita en tercera persona, protagonizada…
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Trece relatos y medio que rastrean el miedo allí donde resulta más incómodo: en lo cotidiano. David Navarro Lloret alterna ficciones sobre la muerte y sus alrededores con estampas de una infancia reescrita en tercera persona, protagonizada por un niño llamado apenas XY. El resultado es un libro de estructura de collage, donde cada recuerdo encuentra su reverso narrativo y el terror se explora tanto desde el escalofrío como desde la ironía.
Breve estudio de los terrores mundanos reúne trece relatos y una pieza final añadida —de ahí el «trece y medio» que el propio autor reivindica— unidos por un interés común: indagar en la muerte y en todo lo que se deriva de ella. No todos los textos buscan asustar. Algunos se detienen en los mecanismos psicológicos que producen el pavor, otros se ríen abiertamente del miedo, y unos cuantos prefieren la sugerencia al sobresalto.
El volumen se abre con «Posología», un prólogo donde el autor explica cómo llegó hasta aquí: quiso escribir sobre los terrores que lo marcaron entre los cuatro y los seis años, desconfió del resultado por excesivamente autobiográfico, y optó por dejar reposar el material cerca de dos años mientras componía los cuentos. Al volver a esas memorias, las trasladó a tercera persona y las reescribió como si hablaran de otro niño. Ese niño es XY, y sus escenas —fechadas, breves, situadas a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta— se intercalan entre los relatos como contrapunto: un tobogán y un compañero de juegos que solo él ve, una motorista que insiste en llevárselo, un adulto que cambia de tema antes que explicar.
Entre las ficciones, «La marca en la mano» sigue a una narradora interpelada en segunda persona desde una sesión de ouija en el patio del colegio hasta la vida adulta, arrastrando una cicatriz que se empeña en coincidir con la de un primo enfermo. «Guardianes del Cielo y del Infierno» plantea la contracara de la fortuna: un hombre convencido de contar con protección sobrenatural descubre que revelar el secreto tiene un precio, y que su benefactor puede cambiar de métodos. A partir de ahí, el índice despliega registros diversos —lo religioso, lo grotesco, lo mediático, lo fúnebre— hasta cerrarse con «Ultrarrealidad», la pieza que el autor sumó al final como homenaje al cine, una de sus pasiones declaradas.
La unidad del libro no está en un argumento continuo sino en un procedimiento: cada recuerdo infantil encuentra su relato correspondiente, y el lector va reconstruyendo la relación entre ambos. La prosa es directa, coloquial cuando conviene, atenta a los detalles domésticos que vuelven verosímil lo inquietante: un cajón de tijeras, un diccionario abierto al azar, una carretera con curva cerrada, una cena donde alguien se ofrece a leer la mano. El terror, aquí, no llega de fuera; ya estaba en la casa, en la familia y en las cosas que nadie quiere nombrar.
Es una lectura pensada para quien disfruta del cuento breve de corte inquietante, más cercano a la literatura de lo perturbador que al susto explícito, y para quien aprecia los libros que muestran sus costuras: aquí el autor cuenta cómo se hizo el artefacto antes de dejarlo funcionar.
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