Un ingeniero que trabajó en las estaciones de seguimiento espacial de Fresnedillas y Villafranca del Castillo repasa la carrera a la Luna sin el barniz deportivo con que suele contarse.
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Un ingeniero que trabajó en las estaciones de seguimiento espacial de Fresnedillas y Villafranca del Castillo repasa la carrera a la Luna sin el barniz deportivo con que suele contarse. Apoyado en documentos desclasificados y en el material que salió a la luz tras la caída del telón de acero, el libro sigue el hilo que va de las cosmologías antiguas a los grandes cohetes lanzadores para mostrar hasta qué punto la competencia armamentista condicionó cada paso de la aventura espacial.
La obra propone recorrer la historia de cómo la humanidad llegó a pensar el espacio y, después, a alcanzarlo. Arranca lejos del siglo XX: en las cosmogonías mesopotámica y egipcia, donde no hay vacío alrededor de la Tierra sino una dualidad entre orden y caos; en el paso griego del mythos al logos, con la búsqueda del primer principio entre los milesios, los números de Pitágoras, las raíces de Empédocles y los átomos de Leucipo y Demócrito; en la trampa del cosmos perfecto de Platón y en el esfuerzo por «salvar las apariencias» que llevó a Eudoxo, Calipo y Aristóteles a multiplicar esferas homocéntricas hasta un número inverosímil; y en los modelos mecanicistas de Apolonio, Hiparco y Ptolomeo, con sus epiciclos, excéntricas y ecuantes, vigentes catorce siglos. El itinerario incluye también la huella literaria de esas ideas: la sátira de Luciano de Samosata y su guerra entre selenitas y heliotas, el Sueño de Escipión de Cicerón, la ascensión celeste recogida por Ibn Arabí y la arquitectura ptolemaica que sostiene la Divina Comedia.
Desde ahí el relato entra en la era de los cohetes, que es donde el libro asienta su tesis. Como los grandes lanzadores nacieron para transportar bombas, convencionales o nucleares, su tecnología estuvo desde el principio al servicio de las fuerzas armadas de las dos superpotencias, y la llamada «conquista» de la Luna funcionó sobre todo como escaparate de esa competencia. El autor sigue en paralelo los pasos —y los tropiezos catastróficos— de soviéticos y estadounidenses, y señala el contraste entre la fuerza bruta de unos lanzadores muy potentes y una tecnología más refinada que dio frutos científicos como los cinturones de radiación de Van Allen, los volcanes de Ío o el resplandor fósil detectado por el COBE. Observa que casi todos los astronautas que pisaron la superficie lunar eran pilotos militares, y que el programa se cerró cuando los políticos consideraron reparado su orgullo y los militares descartaron la Luna como plataforma estratégica, dejando sin cumplir varias expediciones previstas por los selenólogos.
Hay espacio para el lado humano y para el riesgo: la diferencia persistente entre quienes ensayan máquinas nuevas en ambientes desconocidos y quienes administran el dinero público y deciden dónde gastarlo, y episodios narrados con pulso dramático, como el accidente que costó la vida a Vladimir Komarov en el Soyuz 1 en abril de 1967. El aparato del libro —bibliografía amplia, abundantes notas al pie, tablas numéricas y comparativas, figuras y fotografías de valor histórico— acompaña sin entorpecer, y se cierra con un apéndice que condensa en pocas páginas los conceptos que gobiernan la navegación espacial. Incluso el vocabulario recibe atención: el autor justifica por qué prescinde de «alunizar» en favor de «aterrizar», al entender que aterrizar es posarse en el suelo, no tomar la Tierra. Sobre la vieja discusión de si conviene gastar tanto en explorar el espacio, el texto prefiere aportar comparaciones y dejar que el lector se forme su propio juicio.
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