Breve historia de la ciencia recorre el desarrollo del pensamiento científico desde las antiguas civilizaciones mesopotámicas hasta la actualidad, mostrando que la ciencia no fue obra de genios aislados sino el resultado de personas reales…
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Breve historia de la ciencia recorre el desarrollo del pensamiento científico desde las antiguas civilizaciones mesopotámicas hasta la actualidad, mostrando que la ciencia no fue obra de genios aislados sino el resultado de personas reales —astrónomos babilonios, filósofos griegos, alquimistas y navegantes— cuyo trabajo estuvo entrelazado con la política, el comercio, la religión y la guerra. En lugar de una narración lineal de descubrimientos triunfales, el libro cuestiona los límites tradicionales entre ciencia, magia y superstición, y reivindica el aporte de culturas no europeas a una empresa que solemos atribuir en exclusiva a Occidente.
Esta obra propone una relectura de la historia de la ciencia que rompe con el relato clásico de héroes intelectuales que se transmiten la antorcha de la verdad. Partiendo de la pregunta de dónde y cuándo situar el origen de la ciencia —una cuestión sin respuesta única, comparable a decidir por dónde empezar un mapa del mundo—, el autor recorre distintas tradiciones de conocimiento: los consejeros babilonios que desarrollaron matemáticas y astronomía para predecir el futuro y servir a sus reyes, los escribas formados en escuelas de arcilla como la llamada Casa F en Nippur, y los filósofos griegos que impusieron al cosmos patrones geométricos y numéricos, incluidos los persistentes significados místicos del número siete. A través de figuras como Pitágoras y, más adelante, Isaac Newton —quien combinó experimentación rigurosa con alquimia e interpretación bíblica—, el libro muestra cómo la frontera entre ciencia y superstición ha sido siempre porosa y cambiante. El argumento central sostiene que una idea científica no triunfa solo por ser correcta: necesita instituciones, poder político, intereses comerciales y consenso social para imponerse. Así, la astronomía babilónica, la anatomía renacentista o la física newtoniana se presentan no como hitos abstractos, sino como prácticas insertas en contextos concretos de irrigación agrícola, formación de escribas, disputas legales y ambiciones imperiales. El libro también invita a repensar preguntas incómodas: si la religión favoreció u obstaculizó la investigación, si la magia y la alquimia deben excluirse de la historia científica, o si la escasez de mujeres en la ciencia responde a la realidad o a un sesgo en cómo se ha escrito esa historia. Al final, la obra defiende que la ciencia moderna es tanto geografía como historia: un conocimiento que viaja, se transforma y se adapta según quién lo practica y en qué lugar, desde Mesopotamia hasta los laboratorios contemporáneos.
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