Un recorrido por los orígenes de la música occidental, desde las flautas de hueso talladas hace más de cuarenta mil años hasta las canciones de trovadores y Minnesinger del siglo XII.
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Un recorrido por los orígenes de la música occidental, desde las flautas de hueso talladas hace más de cuarenta mil años hasta las canciones de trovadores y Minnesinger del siglo XII. El relato muestra cómo la invención de la notación escrita separó a Occidente del resto de tradiciones musicales del mundo, al crear por primera vez la distinción entre quien compone y quien interpreta, y al permitir que una pieza sobreviva, reconocible, a través de los siglos.
La obra arranca en la prehistoria, con los fragmentos de flautas de hueso hallados en Alemania, Eslovenia y China, y con una reflexión sobre cómo el propio cuerpo humano —la respiración, el pulso, la necesidad de una nota final— condiciona desde siempre la forma de la música. A partir de ahí traza una historia de civilizaciones y de ideas: los instrumentos de cuerda y los primeros compositores conocidos de Mesopotamia, las especulaciones de Confucio y Platón sobre la música buena y la dañina, y el largo camino de la notación, inventada en varias culturas antiguas pero sólo desarrollada en profundidad en la Europa cristiana, donde la necesidad de fijar un repertorio litúrgico cada vez más amplio llevó a los neumas carolingios y, después, al tetragrama y las reformas de Guido de Arezzo. Ese cambio técnico, argumenta el libro, tuvo consecuencias enormes: separó para siempre al compositor del intérprete, hizo posible la idea de «obra» musical y abrió la puerta a la polifonía, al no poder confiarse ya varias melodías simultáneas sólo a la memoria. La segunda parte del recorrido se adentra en el tiempo medido y en las primeras firmas propias de la historia musical europea: Hildegard de Bingen y su canto litúrgico personalísimo, los himnos de Adán de San Víctor y, sobre todo, los trovadores provenzales —Guilhem de Aquitania, Giraut de Bornelh, Bernart de Ventadorn— cuyas canciones de amor cortés, transmitidas después a trouvères y Minnesinger, marcan la aparición de una música con nombre propio, rima y compás. A lo largo del libro se combinan la reconstrucción arqueológica y musicológica con el análisis cercano de piezas concretas, para preguntarse, una y otra vez, qué es realmente lo que seguimos escuchando cuando ponemos un canto gregoriano o una melodía medieval: cuánto de restauración moderna hay en esa voz que creemos llegada intacta desde el pasado.
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