Un recorrido divulgativo por la vida cotidiana del antiguo Egipto que adopta como hilo conductor el calendario civil de 365 días. Sus tres estaciones —la crecida, la siembra y la cosecha— organizan nueve capítulos, cada uno bautizado con…
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Un recorrido divulgativo por la vida cotidiana del antiguo Egipto que adopta como hilo conductor el calendario civil de 365 días. Sus tres estaciones —la crecida, la siembra y la cosecha— organizan nueve capítulos, cada uno bautizado con una festividad del año egipcio, que abordan los oficios, la muerte y el más allá, la ciudad, el campo, la indumentaria, la jerarquía social, la mesa, la familia y los dioses. Apoyado en papiros, restos arqueológicos y bibliografía especializada, el libro traduce el pulso agrícola del Nilo en un retrato accesible de cómo se trabajaba, se creía y se vivía a orillas del río.
Pocas civilizaciones han dejado un rastro material tan abundante como la egipcia, y pocas se han contado tantas veces. Este libro busca un ángulo distinto: en lugar de avanzar por dinastías y batallas, deja que el tiempo lo ordene todo. Su estructura reproduce la del calendario civil de 365 días, aquel cómputo de tres estaciones y doce meses que se mantuvo casi sin retoques durante unos dos milenios y medio, hasta que el Decreto de Canopus y, más tarde, la reforma juliana alteraron su marcha. De ese armazón nacen las tres grandes partes de la obra, y de las fiestas señaladas en él, los títulos de sus nueve capítulos.
La primera parte se sitúa en ajet, la estación de la inundación, cuando el río desbordaba los campos y renovaba el limo del que dependía la cosecha. Bajo la salida de la estrella Sothis —el orto de Sirio, que anunciaba el año nuevo— se despliega un repertorio de oficios: mineros y canteros que arrancaban el oro de Nubia y el granito de Asuán, cuadrillas de constructores que firmaban los sillares con apodos jocosos, pintores y escultores sujetos a cánones y encargos ajenos, albañiles y alfareros del barro, y por encima de todos ellos el escriba, cuya alfabetización lo situaba en una minoría privilegiada. Los dos capítulos siguientes se ocupan de la muerte, la momificación y el viaje al otro mundo, y de la ciudad y su urbanismo.
Peret, la estación de la siembra, abre la segunda parte con el mundo agropecuario, continúa con la moda, el tejido y la estética bajo la advocación de la diosa Neit, y culmina en la fiesta Heb Sed, elegida para examinar cómo se estratificaba la sociedad del valle. La tercera, shemu, la de la recolección y la sequía, lleva a la mesa —qué se comía y cómo se obtenía—, al matrimonio y la vida familiar, y se cierra con una coda dedicada a los cinco días epagómenos, los que quedaban fuera de toda estación y en los que nacían Osiris, Isis, Horus, Seth y Neftis: el marco natural para hablar del panteón y de la religión.
El material de base es variado y está declarado sin ambages: fuentes papirológicas, ajuares funerarios, arquitectura monumental, óstraka domésticos y la bibliografía de egiptólogos de referencia, incluida la cronología dinástica que sirve de esqueleto a las fechas. De ahí que el libro pueda leerse en dos registros. Como iniciación, ofrece una entrada ordenada y sin jerga a una civilización que suele abordarse por sus monumentos; como lectura de ampliación, insiste en el detalle concreto —la técnica de la cuña humedecida que desprende un bloque de la roca, las lesiones vertebrales de los obreros de Guiza, la receta del azul egipcio— que devuelve al lector la escala humana detrás de las pirámides. El resultado es un retrato del antiguo Egipto contado desde el trabajo, la casa y el calendario, más que desde el trono.
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