Adaptación condensada de un clásico manual universitario, este volumen recorre la formación del mundo occidental desde sus raíces mediterráneas. Sus autores rechazan la idea de una civilización única que avanza sin cambios de estación en…
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Adaptación condensada de un clásico manual universitario, este volumen recorre la formación del mundo occidental desde sus raíces mediterráneas. Sus autores rechazan la idea de una civilización única que avanza sin cambios de estación en estación, y proponen en su lugar varias civilizaciones occidentales, cambiantes y entrelazadas, cuyo estudio exige atender también al islam, a Bizancio y a las culturas criollas nacidas después de 1492.
El libro parte de una discusión de método antes que de un relato de hechos. Durante buena parte del siglo XX, «civilización occidental» nombró una línea continua que iba de Sumeria a Egipto, de Grecia a Roma y de allí a Francia, Alemania, Inglaterra y España, hasta desembocar en América. Los autores desmontan esa imagen ferroviaria: no hubo un solo motor arrastrando la misma carga por estaciones sucesivas, ni la expansión imperial europea de los siglos XIX y XX demuestra superioridad alguna. Un relato así, advierten, atenúa la fuerza y el fraude que acompañaron esa expansión y borra el dinamismo de las culturas que deja al margen.
En su lugar proponen entender «Occidente» como una designación geográfica: las civilizaciones que se desarrollaron en el Mediterráneo y su periferia, y las que emergieron después del año 500 de la Era Común al fragmentarse el mundo grecorromano en tres herederos —el islámico, el bizantino y los reinos cristianos latinos—, cuya interdependencia recorre el volumen entero.
La primera parte se detiene en el Oriente Próximo antiguo con notable minuciosidad. Sigue el retroceso de los glaciares y el paso de las bandas de cazadores-recolectores a la vida sedentaria en el Creciente Fértil; explica por qué el almacenamiento del grano fue la condición previa de la agricultura, y cómo los excedentes hicieron posibles la especialización, la desigualdad de riqueza y, con ella, las primeras élites. Jericó, con su muralla y su torre de función discutida, y Çatal Hüyük, donde la esperanza de vida apenas rozaba los treinta y cuatro años, ilustran ese tránsito. Luego llega la cultura de Ubaid al desierto sumerio, con sus canales de irrigación y sus templos de adobe, y el período de Uruk, que convierte la aldea en ciudad.
El capítulo culmina con la invención de la escritura: fichas de arcilla para llevar inventarios, después tablillas, después signos que dejan de parecerse al objeto y empiezan a valer por su sonido. Con el cuneiforme —duradero durante dos mil años— los sumerios entran en la historia, y con ellos comienza el relato que el libro se propone contar sin triunfalismo.
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