Un recorrido introductorio por la historia del cine mundial, desde las primeras proyecciones de los hermanos Lumière hasta el esplendor del cine mudo.
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Un recorrido introductorio por la historia del cine mundial, desde las primeras proyecciones de los hermanos Lumière hasta el esplendor del cine mudo. Reconstruye el nacimiento de un lenguaje: los trucos de Méliès, las primeras productoras francesas, los seriales, el peplum italiano, el auge de Hollywood y los movimientos europeos de vanguardia. Con rigor divulgativo y una voz que no oculta sus preferencias, funciona como puerta de entrada a un arte que nunca se acaba.
El cine nació sin un acta de nacimiento indiscutible. La proyección del Gran Café en diciembre de 1895 quedó fijada como fecha oficial, pero antes hubo un kinetoscopio de Edison, una escena rodada en un jardín de Roundhay y un inventor que subió a un tren y desapareció sin dejar rastro. Con esa constatación —que los orígenes siempre son más enredados de lo que cuentan los manuales— arranca este panorama del séptimo arte.
El primer tramo sigue la bifurcación clásica entre la mirada documental de los Lumière y la fantasía artesanal de Méliès, y enseguida la complica: el cine mudo no fue mudo (hubo pianolas, orquestas, narradores, el benshi japonés) ni fue del todo en blanco y negro (hubo coloreado a mano y filtros para separar el día de la noche). En paralelo se levanta la industria: Gaumont y Pathé, los estudios de Edison en Black Maria, Vitagraph y Biograph, y con ellas las primeras estrellas y los primeros finales amargos.
Un espacio central se dedica a la invención de la gramática cinematográfica: el montaje paralelo y el primer plano en manos de Edwin S. Porter, los folletines de Feuillade, las serial queens que rodaban sus propias escenas de riesgo y la obra de pioneras hoy poco citadas como Alice Guy-Blaché y Lois Weber. Italia aporta sus divas y sus colosos históricos, con Cabiria y su cámara móvil a la cabeza; Estados Unidos, los nickelodeon, la guerra de patentes que empujó a los independientes hacia California y el nacimiento del star system. La figura de D. W. Griffith se examina sin coartadas: el talento narrativo de El nacimiento de una nación conviviendo con la incomodidad insalvable de su contenido.
La segunda parte recorre el esplendor del mudo tras la Primera Guerra Mundial: el expresionismo alemán de Caligari, Metrópolis y El Golem; el cine de Murnau, de Nosferatu a Amanecer; el impresionismo francés y el desmesurado Napoleón de Abel Gance; y las vanguardias de René Clair, Man Ray, Léger y el Buñuel de Un perro andaluz.
El tono es divulgativo y deliberadamente subjetivo. El autor admite desde el prólogo que la objetividad total resulta inalcanzable al hablar de películas, reconoce las ausencias que impone un libro de extensión limitada e invita abiertamente a la discrepancia: no hay nada mejor que una buena discusión entre cinéfilos.
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