Edie tiene veintitrés años, un sueldo insuficiente y un puesto de coordinadora editorial en el sello infantil de una editorial neoyorquina. Cuando empieza a escribirse con Eric —archivista de microfichas, veintitrés años mayor que ella,…
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Edie tiene veintitrés años, un sueldo insuficiente y un puesto de coordinadora editorial en el sello infantil de una editorial neoyorquina. Cuando empieza a escribirse con Eric —archivista de microfichas, veintitrés años mayor que ella, blanco y con un matrimonio abierto—, lo que parece una aventura administrable se convierte en el eje de un relato afilado sobre el deseo, la precariedad y el coste de ser la única mujer negra en casi todas las salas que ocupa. Narrada en primera persona y en presente, la novela avanza a golpe de observación exacta y humor seco, con una voz que se examina a sí misma sin pedir clemencia.
Todo empieza en la caja de texto vacía. Edie corrige un manuscrito sobre un perro labrador detective mientras, desde las afueras, Eric procesa microfichas y le escribe con puntuación impecable. Ese mundo privado construido a base de mensajes en horas de trabajo tiene su propia arquitectura: el riesgo de que Informática se conecte en remoto, el placer de un tercer par de ojos inadvertidos, la posibilidad de rellenar con optimismo todos los espacios en blanco que la vida real acabará ocupando.
La primera cita —un martes, en un parque de atracciones de Nueva Jersey— desmonta esa arquitectura pieza a pieza. Entre globos de dibujos animados, taquillas con pañales dentro y una cantina falsamente del oeste, Edie descubre que en persona no es tan rápida, que el calor corporal no admite borradores y que Eric, entusiasta hasta la ternura en lo alto de la montaña rusa, no tiene la menor idea del esfuerzo que ella hace para parecer distante en vez de desesperada. Él le dice que puede ser ella misma; ella entiende de inmediato la clase de libertad que se le está ofreciendo. También está la mujer de Eric, presente todo el día como una hipótesis que Edie no deja de reformular. El regreso a la ciudad, con la radio puesta y una canción disco de 1977, sella un pacto que ninguno de los dos ha enunciado.
El otro escenario del libro es la oficina, y ahí la comedia se vuelve más incisiva. Edie convoca reuniones sobre por qué los osos ya no están de moda, esquiva a un compañero con el que se acostó y sostiene un pulso silencioso con Aria, la única otra persona negra del departamento: dos mujeres que se reconocen en cuanto se miran y que, precisamente por eso, no pueden ser amigas. Alrededor, una editorial que publica agitprop ilustrado para niños conservadores y un inventario de encuentros con casi todos los departamentos —Informática, Contratos, Producción, Novela Erótica— enumerado con una franqueza que no busca escándalo ni absolución, solo constancia de los hechos.
Debajo de todo late lo que Edie ha dejado de hacer: pintar. Hay una bolsa de material guardada por optimismo, con las pinturas solidificadas y un ratón muerto dentro; hay dos años de inspiración que se apaga antes de terminar de cepillarse los dientes; hay un departamento gráfico al que ha mandado el currículum tres veces y que le pidió mejorar su dibujo figurativo. La noche que vuelve del parque, sin embargo, mezcla trece tonos de verde y pinta la cara de Eric a la luz del salpicadero hasta el amanecer. Ese gesto —el hambre de ser vista frente al hambre de hacer algo— organiza el libro entero.
Es una novela adulta, sexualmente explícita y nada complaciente, que trabaja el humor y la humillación con la misma precisión: los ratones a los que hay que despegar de la trampa con aceite de colza, el vibrador sin pilas, la tortilla comida a oscuras. Su fuerza está en la voz: una inteligencia que no deja de analizarse mientras se entrega, capaz de convertir un parque de atracciones, un cubículo o un Volvo blanco en un mapa exacto de la desigualdad —de edad, de dinero, de raza, de poder— que atraviesa cualquier intimidad.