En una casa señorial rodeada de lagunas cenagosas cerca de Sandtton, la muerte de una anciana adinerada y la desaparición de sus joyas destapan el rencor larvado entre sus cinco nietas.
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En una casa señorial rodeada de lagunas cenagosas cerca de Sandtton, la muerte de una anciana adinerada y la desaparición de sus joyas destapan el rencor larvado entre sus cinco nietas. Un detective contratado por la menor de ellas llega a una casa donde el único testigo del robo es un joven ciego que no vio nada, pero que tocó a la culpable.
La señora Burnett levantó su hogar en un paraje improbable: una construcción de líneas elegantes, casi regias, plantada entre nieblas persistentes y lagunas de fango, con el cementerio del pueblo al final de uno de los caminos. Allí acogió a sus cinco nietas, huérfanas por accidentes, enfermedades y una expedición sin regreso, y allí acogió también a Oscar, el hijo ciego de una antigua sirvienta, decisión que las muchachas nunca le perdonaron del todo. La anciana consagró sus últimos años a un empeño que sabía fracasado: que aquellos seis jóvenes llegaran a quererse como hermanos.
Lo que sí prosperó fue el resentimiento. Helene, la mayor y la más hermosa, mira el mundo con unos ojos verdes en los que la abuela reconoce odio, y arrastra a sus primas Carrol, Virginia y Maud hacia una misma idea: que las joyas guardadas en la caja fuerte de la biblioteca valdrían más repartidas que exhibidas en un retrato. Sólo Valerie, la menor, se mantiene al margen de las rencillas. La combinación de esa caja la conocen dos personas: la dueña y el señor Sand, un administrador tímido y leal al que Helene ha intentado sobornar, halagar y humillar sin resultado alguno.
Un cajón mal cerrado y un diario íntimo cambian el equilibrio de la casa. En sus páginas Helene descubre dos cosas que no esperaba, y esa misma noche una novela leída antes de dormir le presta el molde de un plan: unos somníferos en un vaso de leche, dos ventanas abiertas de par en par al frío que sube de las lagunas, y un escondite para las joyas que nadie se atrevería a registrar. Cuando la anciana muere de bronconeumonía tras tres días de agonía, las joyas se desvanecen de una casa de la que, por culpa de una tormenta, aquel día no salió absolutamente nadie.
Queda, sin embargo, un testigo. En la penumbra de la biblioteca, Oscar tendió las manos hacia una presencia que no quiso responderle y sus dedos, adiestrados por la ceguera, retuvieron un detalle mínimo: un lunar junto a un escote. Es la única marca que separa a la ladrona de sus primas, y basta con que Oscar la confíe a la persona equivocada para que un coche pierda el control camino del cementerio y se hunda, lentamente, en el barro.
Valerie, incapaz de aceptar la versión oficial sobre unas ventanas que se abrieron solas, contrata al detective Joel Caffrey, rápido para las conclusiones y para el gatillo, y lo instala bajo el mismo techo que los herederos. Allí lo reciben todos con una cordialidad que él no se cree: el administrador acomplejado, el ciego cuya naturalidad chirría, tres primas que prefieren no remover nada, un novio elegante convencido de que las joyas están ya a cien kilómetros, y una muchacha que teme por un pretendiente al que nadie ha vuelto a ver. La casa es ahora propiedad de los seis por igual, y bajo su techo —lo dice alguien en voz alta durante un brandy— vive una asesina.
Novela negra clásica de intriga doméstica, construida sobre un tesoro que no ha salido de casa, un testigo que no puede ver y un paisaje de ciénagas que se traga lo que le cae encima.
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