Una fiesta de carnaval a bordo de un falso yate amarrado en los viejos muelles de Miami termina siendo una trampa. Red Freeman, universitario pelirrojo y sarcástico, despierta dos días después dentro de un ataúd, en alta mar y sin rumbo.
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Una fiesta de carnaval a bordo de un falso yate amarrado en los viejos muelles de Miami termina siendo una trampa. Red Freeman, universitario pelirrojo y sarcástico, despierta dos días después dentro de un ataúd, en alta mar y sin rumbo. Una voz grabada anuncia las reglas: el barco no se gobierna, no hay radio ni botes, y entre los doce invitados viajan un psicópata fugado y alguien que, sin saberlo, ya está muerto. Nadie conoce al anfitrión.
Todo empieza con un escarabajo destartalado rodando hacia los viejos muelles del sur de Miami. Al volante va Red Freeman: pelirrojo, barbudo, botas tejanas y un jersey que hace tiempo no ve una lavadora; estudiante brillante y doctorado en filosofía antigua, con más problemas en los rectorados que dinero en el bolsillo. Acude a una fiesta de disfraces que no le interesa, atraído por la promesa de cruzarse con un empresario de viajes capaz de abrirle la puerta a Grecia. Es el único que sube a bordo sin disfraz.
La velada transcurre entre camareras vestidas de diablesas, una falsa Juana de Arco encerrada en una armadura de plástico, una cantante de televisión, una dama de la beneficencia disfrazada de Popea y un mayor retirado con uniforme napoleónico. Cuando unos hombres muy graves bajan una docena de ataúdes al salón, los invitados aplauden: les parece el número final del carnaval. Poco después, el champán deja de saber a champán.
Red despierta bajo bombillas rojas, dentro de un féretro acolchado, con la boca seca y el suelo moviéndose. Han pasado dos días. No hay muelles, no hay costa, no hay tripulación: solo agua negra en todas direcciones. Una grabación conectada a un despertador les da la bienvenida a la broma. El anfitrión, un tal Randolph Hyman a quien ninguno de ellos conoce, explica que el barco navega al garete con la maquinaria destruida, sin radio y sin botes salvavidas; que en la bodega espera una caja con el nombre de cada pasajero; que entre ellos viaja un psicópata fugado de un psiquiátrico estatal, y que uno de los presentes ya está muerto aunque no pueda recordarlo. Después suena Wagner.
Desde ahí, la novela funciona como un mecanismo cerrado: doce desconocidos, ningún documento en los bolsillos, ninguna coartada verificable y la certeza de que todos fueron atraídos con un cebo hecho a medida. Red asume sin pedir permiso el papel de quien hace preguntas y comprende que la primera tarea no es escapar del mar, sino averiguar qué tienen en común. Relato de suspense y encierro, con humor seco, sarcasmo de salón y la sombra del Triángulo de las Bermudas convertida en escenario de una cuenta atrás.