"Bruja" narra, en primera persona, la voz de una mujer inmortal que a lo largo de los siglos ha encarnado el estigma y el deseo femenino bajo distintos nombres.
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"Bruja" narra, en primera persona, la voz de una mujer inmortal que a lo largo de los siglos ha encarnado el estigma y el deseo femenino bajo distintos nombres. Desde el Chicago de la Gran Depresión hasta el Londres victoriano, sus encuentros eróticos con amantes de ambos sexos se entrelazan con una reflexión sobre la libertad, la censura moral y el precio histórico de ser mujer.
Matías Argumánez construye “Bruja” como el cuaderno de bitácora de una narradora que se presenta como una entidad milenaria, heredera simbólica de figuras como Lilith, Eva o Isthar, condenada a atravesar distintas épocas bajo el apodo que la Edad Media le dio: Bruja. El libro se organiza en capítulos asociados a musas (Terpsícore, Euterpe…) y se abre con un prólogo en el que la protagonista increpa directamente a quien la juzgue, reivindicando el derecho de las mujeres a disponer de su propio cuerpo y su propio relato frente a la doble moral que históricamente las ha condenado. A partir de ahí, la narración se despliega como una sucesión de episodios autónomos ambientados en momentos históricos concretos. En el primero, la acción se traslada al Chicago de enero de 1930, en plena Gran Depresión: sin dinero ni techo tras una noche de jazz, la protagonista busca refugio en casa de Karen, una amiga íntima cuya independencia y ambigüedad sentimental derivan en un encuentro erótico narrado con un lenguaje muy elaborado, cargado de metáforas musicales —la improvisación del jazz como espejo de la relación entre ambas— y de reflexiones sobre la precariedad económica y afectiva de la época. El segundo episodio traslada a la protagonista al Londres de 1881, donde se instala como echadora de cartas cerca de los muelles y seduce, entre otros, a un joven poeta oxoniense —trasunto apenas velado de un autor romántico— cuya pasión no correspondida deriva en versos de amor y despecho, incluidos como poemas dentro del propio texto, y en una reflexión sobre la persecución social de las mujeres libres, llamadas “brujas” o “putas” por no someterse a la norma. A través de estas estampas, salpicadas de citas de “Las mil y una noches” y referencias a mujeres históricas y mitológicas (Mesalina, Escila, la reina Nzinga, la emperatriz Teodora, la marquesa de Pompadour), la obra combina relato erótico explícito con un ejercicio de estilo barroco y una defensa explícita de la autonomía sexual femenina frente al juicio ajeno.