Ambientada en otoño de 1549, en vísperas de la guerra que partirá el Reino de las Montañas Nevadas, esta novela de fantasía sigue al brujo errante Miqueas Thomas y a su aprendiza Azahara mientras cruzan bosques nevados poblados de orcos.
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Ambientada en otoño de 1549, en vísperas de la guerra que partirá el Reino de las Montañas Nevadas, esta novela de fantasía sigue al brujo errante Miqueas Thomas y a su aprendiza Azahara mientras cruzan bosques nevados poblados de orcos. Un banquete en la corte del rey enano Gisli les impone un tercer compañero de viaje —el príncipe Ivar— y convierte una ruta más entre reinos en el comienzo de un aprendizaje compartido.
La historia se presenta como la adaptación de los escritos de Ivar el Sabio, el primer enano que compiló una enciclopedia en la Casa de los Pergaminos, y ese marco erudito le da al relato una textura particular: antes de la aventura llegan las notas del cronista sobre lenguas comunes, tradiciones mágicas y guerras. El lector entra al mundo por la puerta del archivo, sabiendo que lo que va a leer fue primero registrado, clasificado y transmitido.
El relato propiamente dicho arranca junto a una hoguera, en el Bosque Rojo, con una canción y una discusión menor sobre hidromiel y pipas. Miqueas Thomas es un quasque: un brujo nómada que va de ciudad en ciudad prestando ayuda a reyes y regidores, uno de los tres grandes maestros de la región. Azahara, su aprendiza de dieciocho años, domina la espada y la varita, habla varias lenguas y quiere que eso baste; su maestro insiste en que aún le falta camino. La tensión entre ambos —ella impaciente y ambiciosa, él parco y dado a las respuestas cortas— sostiene buena parte del libro y le da un humor seco que asoma incluso cuando aparecen los orcos.
El viaje los lleva al palacio del Gran Rey enano Gisli, donde el banquete funciona como bisagra. Mientras Miqueas bebe vino del río Nuha y recuerda viejas batallas con el rey, Azahara come en la mesa larga, escucha a los enanos afirmar que la guerra contra los humanos es inevitable y comprueba que la puerta que más le interesa —la de la Casa de los Pergaminos, donde querría estudiar y escribir leyendas— sigue cerrada. Del banquete sale un encargo que ninguno de los dos pidió: el rey entrega a su hijo mayor, Ivar, para que aprenda del brujo. El príncipe enano viajará a caballo, y lo hará compartiendo montura con Azahara.
De ahí en adelante el camino hacia la ciudad del Cielo de los Caídos atraviesa el Bosque Nevado y el Bosque de los Malditos, con el lobo blanco Nieve abriendo la marcha y los orcos salvajes acechando en los claros. La novela alterna escaramuzas breves y resueltas con nitidez —un hechizo, un hachazo, un cuerpo en el suelo— con largas conversaciones sobre lo que significa tener un don y responder por él. Alrededor de los tres viajeros se mueve un mundo a punto de romperse: la Época Oscura ya empezó, los reyes humanos del sur se han unido contra los enanos del norte, y los brujos, por temor a las represalias, procuran no tomar partido.
Es, sobre todo, una historia de aprendizaje en movimiento: sobre lo que un maestro decide enseñar y lo que calla, sobre las puertas que se le cierran a una joven bruja por ser joven y por ser mujer, y sobre tres personajes muy distintos que descubren, camino de la siguiente ciudad, que van a tener que confiar unos en otros.