Una novela coral sobre un grupo de jóvenes japonesas que cruzan el Pacífico a comienzos del siglo XX para casarse con hombres a los que sólo conocen por una fotografía y unas cartas.
Descargar
Una novela coral sobre un grupo de jóvenes japonesas que cruzan el Pacífico a comienzos del siglo XX para casarse con hombres a los que sólo conocen por una fotografía y unas cartas. Narrada en primera persona del plural, la obra convierte cientos de destinos individuales en una sola voz que recuerda la travesía, la llegada a California y el largo aprendizaje de vivir en un país que las quiere invisibles.
Todo empieza en la bodega de un barco. En literas estrechas, entre el olor a humedad y el retumbar del motor, un grupo de mujeres jóvenes —algunas de catorce años, alguna de doce, la mayor de treinta y siete— compara los retratos de unos maridos que aún no ha visto. Vienen de Kioto y de Nara, de aldeas de montaña donde acaban de ver un tren por primera vez, de pueblos de pescadores, de casas donde el hambre obligó a vender a las hermanas mayores. Traen en los baúles kimonos de seda para la noche de bodas, pinceles de caligrafía, piedras del río de casa y manuales para aprender un idioma imposible. Traen también, casi todas, alguna cosa que han jurado no contar nunca.
La travesía es el primer territorio del libro: tres semanas de mareo, chismes, celos y preguntas susurradas en la oscuridad sobre lo que ocurrirá la primera noche. Allí se ensayan las esperanzas —una casa con chimenea, un jardín con tulipanes, un país donde las mujeres no trabajan la tierra— alimentadas por cartas que prometen granjas, hoteles y bancos. También se ensayan las amistades y los afectos que no sobrevivirán al desembarco. El desengaño llega en el muelle de San Francisco, cuando los hombres de las fotografías resultan ser otros: veinte años más viejos, con abrigos raídos y manos de jornalero, y las cartas, obra de escribientes profesionales.
De ahí la obra avanza por capítulos que funcionan como grandes movimientos de una misma música: la noche de bodas, contada con una franqueza sin adornos que abarca desde la ternura torpe hasta la violencia; el trabajo en los valles agrícolas de California, recogiendo fresas en Watsonville y uvas en Fresno, durmiendo en graneros, gallineros y vagones oxidados; el desconcierto ante las costumbres de los blancos y las advertencias que las mujeres se transmiten unas a otras para sobrevivir entre ellos: sé humilde, no mires fijamente, no digas nada, ahora perteneces al mundo invisible.
Su mayor hallazgo es la voz. En lugar de una protagonista, un “nosotras” que se abre continuamente en variaciones: algunas fueron felices, algunas murieron el primer día en el campo, algunas amaron a sus maridos, algunas no volvieron a dejarse tocar. Cada frase acumula destinos distintos hasta componer un retrato colectivo donde ninguna experiencia anula a las demás. El resultado tiene la cadencia de una letanía y la precisión de un archivo: nombres de ranchos, precios, dialectos, palabras en inglés aprendidas para no morir de sed.
Bajo esa acumulación late una advertencia. Entre las viajeras hay mujeres de Hiroshima que ignoran lo que le ocurrirá a su ciudad, y el relato deja caer, casi de pasada, que la historia americana tiene reservado a estas familias algo más que la aspereza del campo. Sostenida por el epígrafe del Eclesiástico sobre quienes perecieron como si nunca hubieran existido, la obra se propone justamente eso: devolver memoria a vidas que fueron diseñadas para no dejar rastro.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.