Un atropello mortal en una calle cualquiera desencadena una novela coral sobre la culpa, la memoria y las deudas que arrastramos sin saldar. Un policía atormentado por un pasado que creía enterrado, su pareja cada vez más distante y un…
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Un atropello mortal en una calle cualquiera desencadena una novela coral sobre la culpa, la memoria y las deudas que arrastramos sin saldar. Un policía atormentado por un pasado que creía enterrado, su pareja cada vez más distante y un adolescente que busca dinero fácil en el lugar equivocado convergen en un relato tenso sobre lo que somos capaces de callar y de qué manera el silencio termina por pasar factura.
La muerte de una anciana atropellada y abandonada en plena calle abre ‘Buena suerte’, pero lo que de verdad pone en marcha la novela es lo que ese suceso remueve en quienes lo presencian. Marcus, agente de policía, llega al lugar del accidente y algo en esa escena reactiva un dolor antiguo que había preferido no nombrar: náuseas, mareo, la sensación de que su vida cotidiana —el piso ordenado, el matrimonio con Valeria, las rutinas compartidas— podría desmoronarse en cualquier momento. De vuelta en casa, la distancia con su mujer se ensancha en silencios cargados y reproches a medias, mientras él se debate entre pedir perdón por algo que ni siquiera puede formular y dejar que la relación siga su curso hacia un punto sin retorno.
En paralelo, Miguel, compañero de Marcus en el atropello, vuelve a un hogar donde convive con Alex, su sobrino adolescente, a quien acogió hace año y medio y con quien mantiene una relación cordial pero todavía distante. Alex, a punto de cumplir dieciocho años, necesita dinero para comprarse una moto y, ante la negativa de su tío, decide buscarlo por su cuenta. Ese impulso lo lleva hasta Anna, una prestamista que opera desde una casa en penumbra, entre alcohol, cocaína y un discurso envolvente sobre la confianza y las deudas que se cobran de maneras que no siempre son dinero. Lo que empieza como una petición de mil euros se convierte en un trato ambiguo cuyas condiciones Alex intuye peligrosas antes incluso de aceptarlas.
Con una prosa que se detiene en el detalle físico y emocional —el sudor, las náuseas, el humo de un cigarro, el tintineo de unas llaves— la novela entrelaza estas historias para construir un retrato coral de la culpa como mecanismo que no se apaga con el tiempo ni con el silencio, y de cómo los actos pequeños, casi imperceptibles, terminan por definir destinos. ‘Buena suerte’ es un relato sobre lo que se hereda sin querer, lo que se calla por comodidad y lo que, tarde o temprano, hay que pagar.