Memorias del Oeste americano que se abren con un prólogo necrológico sobre William Frederick Cody, muerto en Denver en enero de 1917, y continúan con el relato en primera persona de sus primeros años en las llanuras.
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Memorias del Oeste americano que se abren con un prólogo necrológico sobre William Frederick Cody, muerto en Denver en enero de 1917, y continúan con el relato en primera persona de sus primeros años en las llanuras. El libro alterna el retrato del personaje público —correo a caballo, cazador de búfalos, explorador del ejército, empresario del espectáculo— con la crónica íntima de un muchacho de once años enrolado en los convoyes de carga que cruzaban Kansas, Nebraska y las Rocosas rumbo a Salt Lake City.
La obra se construye en dos registros que se completan. El primero es el del prólogo: una semblanza escrita desde la distancia de la muerte de su protagonista, ocurrida en Denver el 10 de enero de 1917. Allí Cody aparece situado en una genealogía —Daniel Boone, Davy Crockett, Kit Carson— cuyo recorrido geográfico, de Pensilvania a Missouri, de Tennessee a Texas, del Mississippi al Colorado, funciona como mapa del avance de la frontera. El texto repasa los episodios que fijaron su leyenda: los años de correo a caballo antes de la guerra civil, el contrato para abastecer de carne de búfalo a los obreros del ferrocarril Kansas Pacific que le dio el apodo con el que pasó a la posteridad, las cabalgatas de trescientas sesenta y cinco millas en cincuenta y ocho horas llevando despachos al general Sheridan, la jefatura de exploradores del 5.º de Caballería, un nombramiento de sheriff que él mismo administró más con su rifle que con el código, la cacería organizada en 1872 para el gran duque Alexis de Rusia, su breve paso por la legislatura de Nebraska y, después, la larga segunda vida como actor y empresario del espectáculo del Oeste salvaje, con su triunfo en Londres, su fortuna y su posterior ruina bajo el martillo del rematador.
El segundo registro es la voz del propio protagonista. El capítulo inicial arranca en la escuelita de troncos que los colonos de Kansas levantaron por suscripción pública junto a un arroyo, y de la que el narrador sale expulsado por una pelea para emplearse en la firma Russell, Majors y Waddell. De ahí en adelante el relato se vuelve crónica de caminos: la organización minuciosa de un convoy —las carretas J. Murphy fabricadas en St. Louis, el wagon master, los boyeros, los arrieros nocturnos—, el itinerario que enhebra el Big Blue, Ash Hollow, Chimney Rock, Fort Laramie y el Echo Canyon, y los tres modos en que una travesía podía deshacerse: el malón que dispersó la hacienda en Plum Creek y dejó tres muertos, la estampida de búfalos provocada por unos californianos imprudentes, y la emboscada de una partida mormona que desarmó al convoy sin disparar un tiro y lo incendió con su carga de víveres y municiones.
En el centro de ese capítulo está el episodio que el narrador cuenta sin épica: un disparo casi mecánico en la orilla embarrada de un río, a las diez de la noche, y el descubrimiento a la mañana siguiente de que un diario de Leavenworth lo ha convertido en el más joven matador de indios de las llanuras. Tenía once años. El libro deja ver, en ese pliegue, cómo se fabricaba una reputación en la frontera y cómo el hombre y su publicidad empezaron a caminar juntos.
El lector encontrará además la aspereza propia de un testimonio de época: la mirada sobre los pueblos indígenas es la del narrador y su tiempo, y el prólogo desliza alguna imprecisión de fechas y filiaciones. Leídas con esa advertencia, estas páginas valen tanto por lo que cuentan como por lo que revelan sin proponérselo.