Un chico de doce años empieza el instituto convencido de que todo irá bien, hasta que las burlas de dos compañeros y el silencio de su mejor amigo lo convierten en un curso muy distinto al que imaginaba.
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Un chico de doce años empieza el instituto convencido de que todo irá bien, hasta que las burlas de dos compañeros y el silencio de su mejor amigo lo convierten en un curso muy distinto al que imaginaba.
Santi y Óscar son amigos desde preescolar. La víspera del primer día de instituto la pasan chateando sobre mochilas demasiado llenas, gafas que se noten poco y el miedo, apenas confesado, de que el nuevo centro no se parezca al colegio del pueblo. Los primeros días parecen darles la razón a los optimistas: pasillos infinitos, timbres que sobresaltan, veinticinco compañeros por aula donde antes eran catorce y, sobre todo, la posibilidad de pasar inadvertido. Santi lo escribe casi con alivio: creo que me va a gustar el instituto.
La grieta se abre por algo mínimo. Una camiseta de dibujos animados, dos compañeros que buscan hacerse notar, unas cuantas frases en el pasillo. Después llega un examen de matemáticas con un diez que, en lugar de felicitaciones, trae collejas y el mote de empollón; y llega también lo que más duele, ver a Óscar reírse con los demás. A partir de ahí la novela sigue una escalada reconocible y sin estridencias: la ropa elegida para no llamar la atención, las solicitudes de amistad aceptadas por miedo a que negarse sea peor, las etiquetas en fotos que hay que borrar cada noche, el estado escrito en un ordenador ajeno durante la clase de informática. El acoso se muda a la pantalla y desde allí no descansa nunca.
Ramón Ferreres construye el relato alternando tres registros que nunca se explican entre sí. El diario de Santi, lúcido y todavía infantil, donde razona sus estrategias de supervivencia con una lógica que da frío. Las conversaciones de chat, primero entre los dos amigos y luego entre Óscar y su nuevo entorno, que muestran en tiempo real cómo se compra una lealtad. Y las voces adultas —dos madres al teléfono, unos padres hablando de noche— que rondan el problema, lo intuyen y no llegan a nombrarlo. De ese montaje surge lo más incómodo del libro: nadie miente del todo, y aun así nadie se entera.
El retrato del acosador tampoco es plano. Detrás de las amenazas hay casas donde se grita, padres que no hablan, hermanos comparados en voz alta, y una teoría de la vida —la vida es dura, mejor que lo aprenda pronto— que sirve para justificarlo todo. La novela no absuelve a nadie, pero deja ver de dónde viene cada gesto.
BULLYING. Acoso escolar es una ficción breve sobre el primer curso de secundaria y sobre el silencio que lo hace posible: el de quien lo sufre y no lo cuenta por vergüenza, el de quien mira y calla por no ser el siguiente, el de los adultos que preguntan sin saber cómo preguntar. Escrita con oído para el habla adolescente y sin moraleja añadida, funciona como lectura compartida entre jóvenes, familias y docentes, y como punto de partida para la conversación que sus personajes no consiguen tener.
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