Un chico que aprendió a leer a las personas desde la ventana de su abuela y una joven violinista atrapada entre el amor imposible por su profesor y una mirada desconocida en un bar de pueblo: dos formas de mirar el mundo que la novela va…
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Un chico que aprendió a leer a las personas desde la ventana de su abuela y una joven violinista atrapada entre el amor imposible por su profesor y una mirada desconocida en un bar de pueblo: dos formas de mirar el mundo que la novela va acercando, con la música y el mar como telón de fondo.
Todo empieza con una ventana. De niño, Teo pasaba las tardes en casa de su abuela con la nariz pegada al cristal que daba a la playa, y allí, sin proponérselo, aprendió un oficio silencioso: clasificar a los desconocidos. Estaban los que no soportaban la soledad y encadenaban conversaciones con cualquiera que pasara; los que fingían alegría y traicionaban su tristeza en cuanto se creían invisibles; los que hablaban sin mirar a los ojos; los que se volvían transparentes en grupo y solo brillaban cuando nadie los veía; y los que buscaban el amor sin saber siquiera que lo estaban buscando. Un día apareció un hombre que no encajaba en ninguna categoría —un libro, una toalla, dos horas de lectura junto al agua— y Teo comprendió que existía una clase más rara que todas: la de quienes están en paz consigo mismos. Desde entonces supo lo que quería ser.
A cientos de kilómetros de esa ventana, Camilla afina su violín entre bastidores. Tiene diecinueve años, un vestido color crema elegido para gustarle a alguien concreto y la certeza de que solo se siente en casa cuando toca. Ese alguien es Roberto, su profesor: quince años mayor, el hombre que la convenció de no abandonar la música cuando estuvo a punto de dejarlo, y que ahora la sostiene y la esquiva con la misma mano. La noche de un concierto en Fiesole, entre la insistencia encantadora de un pianista acostumbrado a ganar y la aparición inoportuna de Roberto en el jardín del hotel, Camilla descubre que desear a alguien inalcanzable puede convertirse en una obstinación difícil de distinguir del amor.
De vuelta a Santa Croce, el pueblo pequeño donde todos se conocen y el bar tiene oídos en cada mesa, su vida transcurre entre las clases del conservatorio, las páginas de un cuaderno donde anota el tiempo que hace fuera y el que hace dentro de ella, y la amistad con Jessica, que ama a Camilla lo suficiente como para decirle las verdades que no quiere oír. Camilla fotografía la ropa tendida de los desconocidos e inventa sus vidas; escucha la voz de la gente y la traduce a instrumentos; camina de madrugada por calles del color violeta de la noche buscando algo que no sabría nombrar. Hasta que en el bar de siempre entra alguien nuevo —un chico con mono de trabajo, manos grandes y una mirada oscura— y algo en el orden de las cosas se descoloca.
Esta es una novela sobre la distancia justa desde la que se ven las cosas: sobre lo que las personas muestran cuando se creen solas, sobre la diferencia entre el amor que se persigue y el que se reconoce, y sobre esa edad en la que un beso equivocado, una amiga que se va con otro y una mañana antes del amanecer pesan exactamente lo mismo. Con una prosa cálida y atenta al detalle mínimo, construye un retrato de la juventud provinciana, de la música como refugio y de las categorías que inventamos para entender a los demás hasta que alguien llega a desmentirlas todas.
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