Primera entrega de la trilogía Océanos del tiempo, esta novela enlaza la Escocia medieval con el presente a través de un linaje de guerreros de las Tierras Altas y un puñado de objetos marcados por la antigua magia celta.
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Primera entrega de la trilogía Océanos del tiempo, esta novela enlaza la Escocia medieval con el presente a través de un linaje de guerreros de las Tierras Altas y un puñado de objetos marcados por la antigua magia celta. En 1327, una madre del clan Úlster ve cómo el rey convierte a su hijo recién nacido en símbolo de la unión entre el norte y el sur; casi setecientos años después, cuatro estudiantes españolas llegan a unas ruinas de Lothian para unas prácticas de arqueología y una de ellas empieza a oír algo que las demás no perciben.
El relato arranca en el invierno de 1327, en el norte de Moray. Maelys, hija del clan Úlster —los llamados lobos de las Highlands, altos, aislados y orgullosos de una sangre que dicen no haberse mezclado nunca—, se recupera a duras penas de un parto difícil mientras el castillo se llena de jefes de clanes venidos a recibir al rey Robert. Su hijo, primer nieto del guardián de Escocia, nace enorme, y su nombre y su destino se deciden delante de todos: será señor de Lothian, la frontera más disputada del reino, prueba viva de que el norte y el sur pueden ser una sola cosa. Junto a los regalos rituales del clan —el claymore, el arco, el cuerno, el manto de cuadros rojos y el broche con la cabeza de lobo— llega también una advertencia en voz baja de la anciana Fia: esos objetos no son adornos, y el nombre no se eligió al azar.
En 2021, cuatro amigas sevillanas aterrizan en Escocia para completar unas prácticas universitarias que ninguna imaginaba así. Alba, la única que se ha tomado el proyecto en serio desde el principio, ha conseguido para el grupo un rincón poco prometedor de una excavación en Midlothian. Inés pelea con el volante a la izquierda, Paula lamenta en voz alta que aquello no sea Egipto y Leonor, exdeportista de élite y especialista en arcos y flechas, es la primera en notar que algo no encaja: un frío que no marca el termómetro, un golpe del coche contra nada, y el sonido lejano de un cuerno que solo ella escucha. Cuando Alba las lleva hasta una estatua de tamaño descomunal enterrada en una construcción anexa al castillo, el retrato en piedra de un guerrero con manto, claymore y broche de lobo, Leonor encuentra en el cuerno tallado unos símbolos que no pertenecen a ningún gaélico conocido.
Entre ambos tiempos se abre una tercera línea: Lothian, 1355. Alastor, del clan Hunter —los cazadores del sur, los mejores arqueros de Escocia—, rastrea los bosques gritando un nombre que no obtiene respuesta. Ha oído el cuerno del señor de Lothian más veces de las que debería, no encuentra a los hombres que siempre lo escoltan y sospecha una traición que vendría de dentro, de vecinos escoceses y no de los ingleses que vuelven a presionar la frontera.
Sobre ese triple andamiaje —una madre que intuye el precio del destino de su hijo, unas jóvenes contemporáneas que llegan por accidente al lugar exacto, y un amigo que busca a un hombre en el filo de una emboscada— la autora construye una novela de aventura histórica con romance y elementos fantásticos, atenta a los detalles materiales de los clanes: los emblemas, las telas, las armas, las alianzas frágiles a un lado y otro del río Forth. Las escenas del presente se apoyan en un humor coloquial y en la complicidad del grupo de amigas, mientras el pasado avanza con un tono más grave, dominado por la guerra, la lealtad y una herencia que nadie fuera del clan debería nombrar en voz alta. Es una obra de ficción que utiliza figuras históricas reales únicamente como marco, y su primer volumen deja planteado el enigma que dará cuerpo a la trilogía: qué protege exactamente la antigua magia y a quién sigue llamando ese cuerno.
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