Xiana lo deja todo en Zúrich —incluida la pastelería que había levantado con esfuerzo— y vuela a Galicia, la tierra de su padre, para buscar a una abuela que apenas conoce y a la que su madre no quiere ni nombrar.
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Xiana lo deja todo en Zúrich —incluida la pastelería que había levantado con esfuerzo— y vuela a Galicia, la tierra de su padre, para buscar a una abuela que apenas conoce y a la que su madre no quiere ni nombrar. Entre pallozas, hórreos, castros y puentes con leyenda, la protagonista descubre paisajes que la reconcilian consigo misma, un secreto familiar que nadie quiere explicarle y a un tal Anxo, tan atractivo como irritante, que se cruza en su camino una y otra vez.
Hay decisiones que no se explican y aun así se sienten correctas. Xiana vende su parte del negocio que había sido su sueño, hace las maletas y se va de Suiza rumbo a un país que solo conoce por las historias de su padre. Frente a ella tiene un mapa, un coche de alquiler y un número de teléfono escrito con cariño que no se atreve a marcar; detrás deja a una madre que se niega a hablarle y que, sospecha, le esconde algo.
El viaje arranca en Santiago, pasa por Lugo —la muralla al atardecer, el parque de Rosalía, un par de domus romanas con desigual fortuna— y termina internándose en los Ancares, entre montañas verdes, cascadas al borde de la carretera y aldeas de piedra y pizarra. Allí, en un hotel rural con vistas a las pallozas, Xiana empieza a sentir algo parecido a pertenecer. También empieza a sospechar que su llegada no ha pasado desapercibida: una llamada equivocada la confunde con una tal Laia y le habla de un hermano que no tiene.
El encuentro pendiente con la familia gallega avanza a base de aplazamientos —mañana, siempre mañana—, mientras el presente se llena de vida: la cocina, las cervezas nuevas, los castros mejor conservados de lo que esperaba, y la irrupción de Lúa, la mejor amiga que se planta en el aeropuerto sin avisar y con una sonrisa postiza que delata que algo ha pasado en Zúrich. Y en medio de todo, Anxo: el desconocido que la etiquetó de “francesita” en un restaurante, el mismo del balonazo al coche de alquiler, el mismo que resulta trabajar justo donde ella se aloja. Un pulso de réplicas afiladas que ninguno de los dos parece dispuesto a perder.
Narrada en primera persona, con humor seco y un gallego que se cuela en cada frase de cariño, esta novela mezcla novela romántica, viaje iniciático y misterio familiar. Es la historia de una mujer que cruza Europa buscando raíces y descubre, de paso, que la vida sin aventura no es vida —y que a veces el sitio al que perteneces te reconoce antes de que tú lo reconozcas a él.
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