Una traductora que vive de encontrar la palabra justa decide aplicar ese mismo talento a un problema que ningún diccionario resuelve: su propia soledad.
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Una traductora que vive de encontrar la palabra justa decide aplicar ese mismo talento a un problema que ningún diccionario resuelve: su propia soledad. En lugar de apuntarse a cursos o a los sitios de citas, invierte sus ahorros en un aviso desplegado en el cuerpo principal de un gran diario, firmado con un nombre y una biografía que no son los suyos. La novela sigue el pulso de esa decisión —el vértigo previo, la ilusión adolescente, el primer encuentro que llega antes de tiempo— y la trenza con la memoria de una adolescencia en la que la protagonista descubrió que callar también era una forma de mirar el mundo.
La mujer que en esta historia se llamará Amelia traduce libros. Le va bien: no tiene jefe ni horario, sus versiones de poemas difíciles circulan como traducciones de culto y puede ganarse la vida jugando con palabras entre diccionarios. El precio de esa libertad es un aislamiento que se le fue metiendo por las grietas hasta volverse costumbre. Dos relaciones con escritores —uno convencido de ser la reencarnación de Kafka, el otro el heredero de Joyce— la dejaron con una certeza incómoda: saber crear algo hermoso no vuelve a nadie mejor persona. Desde entonces prefiere el mundo literario visto desde afuera, con la puerta entornada.
Un almuerzo con su amiga Marta, que colecciona cursos como quien colecciona pretextos, la empuja a decir en voz alta algo que todavía no había pensado: hará que el hombre de su vida venga hacia ella. La idea llega entera, en una fracción de segundo, con la misma evidencia con que a veces aparece el giro exacto para un verso que se resistía durante días. Escribe el texto en un cuaderno azul de hojas rayadas: dos columnas de ancho por cinco centímetros de alto, un título en negritas, una edad, una profesión que no ejerce, una nacionalidad prestada. No un aviso clasificado ni un perfil en internet, sino un anuncio a la vista de todos, en el cuerpo principal del diario del domingo. Su canción, su perfume, su penacho.
La novela avanza en dos tiempos que se responden. En el presente, Amelia cruza la calle bajo una llovizna y entra en una receptoría atendida por dos hermanas —una que prepara café y otra que se pinta las uñas y teclea con dos dedos, deletreando en voz alta cada palabra del aviso—. Allí, en el peor momento posible, entra un hombre con un paraguas azul y un libro en la mano, y lo que Amelia había planeado para el domingo se le adelanta y la encuentra desarmada, escuchando su propia intimidad pronunciada sílaba a sílaba.
En el otro tiempo, una chica de catorce años sale a la calle con su abuela Enriqueta, que gasta la jubilación en poesía, helados, uñas postizas y películas de terror. Casi ciega, la abuela necesita que le describan a los monstruos; la nieta busca comparaciones para seres nunca vistos y descubre que ninguno logra asustarla. Esa misma adolescente había convertido el silencio en un experimento después de una hora de matemáticas con la mano levantada, y comprobó que el mundo seguía igual, sólo que con una voz menos y una conciencia más. La tarde anterior a su fiesta de quince, en una peluquería con un cartel de letras fucsias, se dejará convencer de una permanente que no quiere, y esa noche, con quince velas encendidas en el baño, tomará una decisión que la marcará para siempre.
Entre la ironía y la ternura, con capítulos encabezados a la manera antigua y una voz que examina sus propios impulsos mientras los sigue, el libro se pregunta de qué está hecho el enamoramiento: si de otra persona o de la historia que inventamos sobre ella, y hasta dónde estamos dispuestos a cuidar esa ilusión. Es también el retrato de una mujer que se niega a elegir entre resignarse y fingir, y que decide, con una frase que podría ser su divisa, crear su propia luz ahí donde el sol apenas alcanza.