Graciela Zambrano, columnista cultural de treinta años, huye de una relación con Fabio marcada por ciclos de encanto y violencia disfrazados de amor.
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Graciela Zambrano, columnista cultural de treinta años, huye de una relación con Fabio marcada por ciclos de encanto y violencia disfrazados de amor. Tras un incidente callejero que la deja al borde de la muerte, la narración se desdobla: por un lado, Graciela atraviesa un duermevela poblado de recuerdos, alucinaciones y encuentros oníricos que difuminan la frontera entre lo vivido y lo soñado; por otro, un hombre solitario y hastiado de sus propios excesos —quien la atropelló por accidente— comienza a visitarla en el hospital y desarrolla hacia ella una fascinación que lo obliga a mirar su propia vida con otros ojos. Ambas voces convergen en una historia sobre el deseo, la memoria y la posibilidad de un despertar distinto.
La novela se organiza en capítulos breves que alternan entre dos voces. La primera es la de Graciela, que abre el relato huyendo físicamente y emocionalmente de Fabio, una pareja que combina gestos de devoción con episodios de maltrato que ella misma se esfuerza por reinterpretar como pruebas de amor. Esa huida se interrumpe de forma abrupta y violenta, y a partir de ahí el relato se instala en un territorio ambiguo: Graciela parece regresar a su departamento y retomar su rutina —limpiar, pintar, recordar su trabajo como cronista cultural—, pero el tiempo se comporta de manera extraña, los objetos cambian sin explicación y figuras y sensaciones ajenas se filtran en los momentos más íntimos. Esa inestabilidad temporal y sensorial funciona como el corazón del libro, sugiriendo que la protagonista no está simplemente recordando, sino atravesando un estado suspendido entre la conciencia y la inconsciencia. Intercalada con su historia aparece la voz de un segundo narrador, un hombre que se define por su desapego afectivo y su costumbre de moverse en ambientes de placer transaccional, hasta que un accidente de tránsito lo pone frente a una desconocida gravemente herida. Lo que comienza como culpa se transforma en una vigilia obsesiva: el hombre regresa día tras día a verla, reconstruye fragmentos de su historia a partir de sus pertenencias y descubre, a través de un anuario escolar, un pasado compartido que ninguno de los dos recordaba del otro. A través de las dos líneas narrativas, el libro explora la manera en que el deseo, el trauma y la soledad moldean la percepción de la realidad, con la figura de una consejera espiritual, el recuerdo de un amor de adolescencia y la pregunta constante de si lo vivido por Graciela ocurre en el mundo, en el sueño o en algún punto intermedio entre ambos. La estructura fragmentada, con títulos de capítulo que anticipan giros y revelaciones, invita a leer la novela como un rompecabezas emocional que se va resolviendo a medida que las dos voces se acercan a un mismo cuerpo y a una misma verdad.