Zoe limpia jaulas y suelos en un laboratorio farmacéutico cuando el mundo se acaba. Una pandemia que nadie sabe nombrar borra a casi toda la humanidad y, con ella, a todos los que Zoe quería.
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Zoe limpia jaulas y suelos en un laboratorio farmacéutico cuando el mundo se acaba. Una pandemia que nadie sabe nombrar borra a casi toda la humanidad y, con ella, a todos los que Zoe quería. Diecinueve meses después, embarazada, hambrienta y sola, cruza una Europa irreconocible rumbo a Grecia, arrastrando una bicicleta, una carta que no se atreve a leer y el recuerdo de un frasco antiguo que apareció en su sala de estar sin que nadie lo dejara allí.
Hay dos relojes corriendo en esta novela y ninguno de los dos ofrece consuelo. En el «entonces», Zoe tiene treinta años, un empleo modesto en Farmacéuticas Pope, un apartamento blindado con demasiadas cerraduras y una madre que insiste en concertarle citas. En el «ahora», tiene casi treinta y uno, el noventa por ciento de la población ha muerto, la lluvia no cesa, el Sahara reverdece y ella avanza a pie por el campo italiano hacia el puerto de Brindisi. La narración alterna ambos tiempos como quien coloca dos radiografías sobre la misma luz: lo que se perdió y lo que quedó, sin explicar nunca del todo el intervalo.
El detonante es un objeto. Una tarde, al volver del trabajo, Zoe encuentra en su salón un frasco de cerámica color crema quemada, antiguo, sin marcas, centrado con una precisión que ninguna casualidad justifica. Nadie entró en el edificio. Nadie lo reclama. La policía sugiere un admirador secreto o una imaginación desbordada. Incapaz de explicarse lo que ve y decidida a no parecer perturbada, Zoe inventa un sueño recurrente y se lo lleva a un terapeuta, el doctor Nick Rose, cuyas sesiones —irónicas, cálidas, sostenidas sobre el café y el ingenio compartido— se convierten en el único lugar donde puede hablar sin mentir del todo. La consulta funciona como refugio y como cortejo, y la mentira inicial sostiene todo lo demás.
En el presente, el viaje impone su propia aritmética. Zoe vomita cada mañana, cuenta calorías en latas y pan con gorgojos, y calcula si el tiempo que pierde ayudando a alguien vale lo que le resta de ventaja. En una granja abandonada conoce a Lisa, inglesa, ciega de nacimiento, retenida por los únicos parientes que le quedan y tratada por ellos como propiedad. Sacarla de allí le cuesta a Zoe una pelea desigual en una cocina demasiado pequeña y la certeza incómoda de que la violencia, cuando llega, es rápida y poco heroica. La escena fija la pregunta que ordena el libro: cuando ya no hay ley, castigo ni testigos, ¿qué queda de una persona además de lo que decide hacer?
La respuesta que Zoe se da es deliberadamente modesta. No perdona, no predica y no se engaña sobre lo que ha visto; simplemente se niega a convertirse en otra cosa. «Me gusta ser humana», le dice a Lisa cuando esta le pregunta por qué no mató al hombre que la agredía. Esa frase, dicha sin énfasis en mitad de un camino embarrado, vale más que cualquier declaración sobre la esperanza: en un mundo donde el ADN ya no garantiza nada, la especie se define por sus elecciones.
El resultado es una novela de superviviencia narrada en primera persona y en presente, de voz seca, humorística en los peores momentos y atenta a los detalles físicos —el sabor del cobre en la boca, la leche tibia bebida a la fuerza, el musgo en la piedra mojada—. El apocalipsis está aquí menos para asombrar que para desnudar: lo que interesa no es cómo terminó el mundo, sino qué lleva encima Zoe cuando llega al ferry, y por quién está dispuesta a cruzar el mar.