Un cantar de ciego en prosa que reconstruye, desde la memoria fragmentada de un narrador que de niño escuchó la historia en un velatorio gallego, el destino de Vilanova de Alba, un pueblo de las rías desaparecido a mediados del siglo XX.
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Un cantar de ciego en prosa que reconstruye, desde la memoria fragmentada de un narrador que de niño escuchó la historia en un velatorio gallego, el destino de Vilanova de Alba, un pueblo de las rías desaparecido a mediados del siglo XX. En torno a una partida de cartas fatídica —las tres noches del Pasamundos— se cruzan los caminos de siete hombres marcados por el contrabando, la fiebre del wolframio y las heridas abiertas de la posguerra.
La novela se presenta como un cantar de ciego, ese género de romance oral que antaño se voceaba en las ferias gallegas para narrar crímenes, hazañas y desgracias del común. Un narrador adulto rastrea los orígenes de la historia hasta una noche de lluvia de su infancia, en el velatorio de un vecino de Carballedo, donde el viejo Quintín de Borela —antiguo cantador ambulante convertido en consolador de duelos— entreteje entre alabanzas al difunto el relato, ya legendario y deformado por el boca a boca, de una partida de naipes en una posada de montaña que terminó en catástrofe. A partir de ese eco infantil, y de años de indagación posterior entre archivos, testimonios y memorias familiares silenciadas, el narrador se propone fijar por escrito la versión verdadera de los hechos, ambientados en Vilanova de Alba, antigua capital de las rías hoy borrada de los mapas, entre finales de los años cuarenta y los primeros cincuenta. Es un tiempo de posguerra dura: represión política, sindicatos clandestinos de marineros y músicos, contrabando de café y mercancías en la raya portuguesa, y el espejismo de riqueza repentina que trajo la explotación del wolframio antes de dejar solo ruinas y barrancos abandonados. Sobre ese fondo se recorta un elenco de siete hombres —entre ellos el próspero y temerario contrabandista Pico Serrano, el atormentado funcionario municipal Agustín Salgado alias el Agonías, y los médicos don Evaristo y don Manoliño, tan distintos en reputación como en conciencia— cuyas trayectorias convergen en aquella partida decisiva y en su prolongada resaca de culpas, ruinas y desapariciones, incluida la de una misteriosa mujer conocida solo como la Americana. Entretejida con historias satélite de mineros, sastres represaliados, tenderas expropiadas y sindicalistas perseguidos, la narración avanza a saltos, como la memoria colectiva de la que se nutre: parcial, contradictoria, transmitida de boca en boca, y sin embargo fiel a un tiempo y un lugar que se extinguieron por voluntad propia, sin estridencia, cuando sus habitantes decidieron cerrar las puertas para siempre. Más que una crónica de sucesos, el libro es una reflexión sobre cómo se hace y se pierde la memoria de los pueblos, y sobre el poder del relato oral para mantener con vida, aunque sea como sombra o cantar, todo aquello que la historia oficial prefiere olvidar.
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