Cuatro relatos del ecuatoriano César Dávila Andrade que recorren el filo donde la fiesta popular, el hambre y la miseria urbana se vuelven visión.
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Cuatro relatos del ecuatoriano César Dávila Andrade que recorren el filo donde la fiesta popular, el hambre y la miseria urbana se vuelven visión. Un carnaval de aldea con un gallo enterrado hasta el cuello, una sequía que empuja a un carpintero a vender a su hija, una caja de cartón que alguien arroja a la cloaca y un cóndor ciego que huele lo que ya no puede ver. Prosa densa y sensorial, atravesada por una piedad sin consuelo.
«Cabeza de gallo y otros cuentos» reúne narraciones breves en las que César Dávila Andrade somete el paisaje andino a una mirada alucinada, capaz de convertir la costumbre en revelación y la crueldad cotidiana en imagen persistente.
El relato que da título al volumen transcurre en el carnaval de una colina, entre globos de papel que ascienden con una custodia pintada, bandas de música y jinetes ebrios. El narrador, arrastrado por el aturdimiento colectivo, se aparta hasta una explanada donde un campesino entierra un gallo dejándole fuera solo la cabeza, para que un muchacho con los ojos vendados intente destrozarla a garrotazos. El juego se interrumpe cuando alguien grita que la iglesia arde; lo que queda entre las cenizas le devuelve al narrador, por un camino inesperado, la mirada del animal.
«Primeras palabras» sigue a un carpintero sin encargos durante una sequía que seca ríos, sementeras y mercados. La pareja vende la cama, la ropa de fiesta, el altarcillo tallado; cuando ya no queda nada que enajenar, el hombre decide vender a la hija muda. La niña habla por primera vez el mismo día del trato, y su palabra llega a destiempo.
«Ataúd de cartón» parte de una llamada cruzada en un teléfono antiguo: un vigilante nocturno escucha una confesión ajena y decide acudir a la cita convenida. El seguimiento lo lleva del parque a un tranvía, de un basural con respiraderos de cloaca a una taberna donde beben los enterradores, y el relato se cierra sobre un escupitajo que cae ya sobre el nuevo día.
«El cóndor ciego» abre otra clave: en un balcón de granito, unos cóndores conversan como una asamblea; el más viejo, con los ojos transparentes y ya inútiles, olfatea a leguas la carne quemada del ganado que marcan abajo y ordena a otro elevarse para otear la comarca.
Une a las cuatro piezas una escritura de frase larga y adjetivo exacto, atenta a los olores, al calor y a la materia, donde lo fantástico no irrumpe desde fuera sino que crece dentro de lo real: la fiesta como matriz que exprime los cuerpos, el hambre convertido en contabilidad doméstica, la ternura y la brutalidad alojadas en el mismo gesto.
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