Crónica periodística en primera persona sobre el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas en enero de 1997 y la fotografía que lo precedió, escrita por el colega que trabajaba a su lado.
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Crónica periodística en primera persona sobre el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas en enero de 1997 y la fotografía que lo precedió, escrita por el colega que trabajaba a su lado.
Hay imágenes que valen una vida. En febrero de 1996, después de días de guardias, pistas de fuentes reservadas y persecuciones discretas por las calles de Pinamar, un reportero gráfico logró lo que ningún medio argentino había conseguido: retratar de cuerpo entero y a plena luz a un empresario que había construido su poder sobre la invisibilidad. Menos de un año más tarde, ese mismo fotógrafo aparecía asesinado con una brutalidad que buscaba ser mensaje. Este libro cuenta las dos cosas —la foto y el crimen— desde el lugar de quien estuvo en ambas escenas.
El autor es el periodista que compartió con Cabezas la cobertura de aquellas temporadas de verano y la búsqueda de la imagen imposible. Desde esa cercanía reconstruye la trastienda del oficio: la red de contactos que anticipaba movimientos, las decisiones tomadas en minutos entre una entrevista pactada y una oportunidad irrepetible, los rollos enviados en sobres con nombres falsos para esquivar interceptaciones, la euforia de un logro profesional compartido en un estacionamiento frente al mar. Nada de eso es anecdótico: cada detalle explica cómo se fabrica una primicia y por qué una fotografía puede convertirse en una amenaza para quienes prefieren no tener rostro.
La narración se abre después hacia el país que hizo posible el crimen. Un verano de balnearios exclusivos donde el poder político buscaba las cámaras, una prensa que se movía entre la vigilancia y la complicidad, estructuras de inteligencia paralelas, negocios opacos levantados sobre la costa, protecciones que llegaban hasta las oficinas más altas. La sociedad conmovida, las marchas por justicia, las condenas y —años después, cuando el tema ya había desaparecido de los diarios— las liberaciones que devolvieron a escena la vieja impunidad.
Escrito tras casi dos décadas de dudas, el texto asume una primera persona que su autor confiesa incómoda, porque el oficio le enseñó a mantenerse fuera del relato. Aquí no puede: fue testigo, colega y amigo. Esa tensión —entre la información cruda y el duelo, entre el deber profesional y el miedo en una redacción golpeada— atraviesa cada página y le da su temperatura particular. El resultado no es solo la reconstrucción de un caso: es un testimonio sobre qué le ocurre a un periodista cuando la noticia lo incluye, y sobre la decisión de no dejar que el olvido complete el trabajo que empezaron los asesinos.