Escrito como respuesta y prolongación del ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, esta obra sostiene que la indignación ciudadana que llenó las calles a partir de 2010 no ha bastado: dos años después, los mercados y la clase dirigente han seguido…
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Escrito como respuesta y prolongación del ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, esta obra sostiene que la indignación ciudadana que llenó las calles a partir de 2010 no ha bastado: dos años después, los mercados y la clase dirigente han seguido actuando en su propio beneficio. Firmada por Malagón, la introducción articula un inventario de agravios —recortes, desmantelamiento de la sanidad pública universal, rescates bancarios, corrupción política, bipartidismo inmovilista— y propone dar un paso más, del enfado pasivo ante el televisor al cabreo activo entendido como motor de cambio.
Hay libros que nacen de una fecha concreta y de un desencanto igual de concreto. Este parte de 2010, cuando Stéphane Hessel publicó ¡Indignaos! y animó a los jóvenes a asumir una actitud comprometida. Aquel texto breve prendió una mecha: movimientos como el 15-M llevaron a las plazas una indignación acumulada durante los años de crisis y un BASTA dirigido a las injusticias y los despropósitos del momento. La obra que aquí se presenta arranca justo donde termina aquel impulso, para preguntarse qué ocurrió después.
La respuesta que ofrece es incómoda: nada, o peor que nada. El autor constata que tanto los mercados como la clase dirigente hicieron oídos sordos a las peticiones de cambio y que sus decisiones posteriores resultaron aún más devastadoras para la ciudadanía. Sobre esa constatación se levanta la estructura del texto, una letanía de agravios encadenados por una misma fórmula —«estamos cabreaos»— que funciona a la vez como enumeración y como percusión retórica. Los recortes que degradan la calidad de vida hasta convertir en privilegio el trabajar por un salario mísero. El final de una sanidad pública universal y de calidad, pilar del estado del bienestar que la clase dirigente ha ido erosionando. El aumento simultáneo de la miseria y de quienes pretenden lucrarse con ella. Unos mercados descritos como un festín en el que las personas son el plato principal dentro de un sistema que las maltrata. Una banca señalada como responsable de la crisis y, aun así, premiada con rescates millonarios. Y una casta política corroída por la corrupción, más ocupada en conservar sus prebendas que en mejorar la vida de sus representados, sostenida por un bipartidismo inmovilista en el que solo cambian las siglas.
El lenguaje es deliberadamente directo, sin amortiguadores académicos, y recurre al juego verbal como arma: cuando el texto habla del «estado del biencastrar» condensa en una sola palabra el diagnóstico completo. Esa economía expresiva —heredera de la viñeta y del titular— define el tono de la obra, más cercana al panfleto cívico que al ensayo argumentativo, y explica su brevedad y su cadencia de proclama.
Su propuesta central es una gradación emocional con intención política. Frente al enfado cómodo que se consume delante de la televisión, el autor reclama el paso a un estado de ánimo distinto: un cabreo creciente y cada vez más generalizado ante la pérdida paulatina de los derechos más básicos y ante la privación de la posibilidad misma de reivindicarlos. El cabreo, sostiene, puede ser el motor del cambio. La firma de Malagón cierra un texto que no aspira a la neutralidad ni la disimula, y que se despide con un imperativo que resume su programa entero: ha llegado el momento, cabréense.