Una novela negra rioplatense que sigue a Mendoza, un detective privado venido a menos, cuya rutina de vigilar infidelidades da un giro siniestro cuando acepta —tras un secuestro— un encargo para seguir a un hombre que es su doble físico.
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Una novela negra rioplatense que sigue a Mendoza, un detective privado venido a menos, cuya rutina de vigilar infidelidades da un giro siniestro cuando acepta —tras un secuestro— un encargo para seguir a un hombre que es su doble físico. Con humor ácido y ambientación urbana decadente, la trama teje azar, mala suerte crónica y un plan que el propio protagonista cree controlar sin saber que lleva meses siendo la pieza de otros.
En el aeropuerto, mientras despide con alivio a un hombre al que ha estado siguiendo durante diecisiete semanas, el detective Mendoza cree por fin haber tomado las riendas de su destino. Es un investigador privado de oficina miserable y bolsillos vacíos, aficionado al whisky, a las revistas de chismes y a apostar sin suerte al número 17, que arrastra una vida de fracasos pequeños y deudas con el bolichero, el rengo de la quiniela y su casero. Su trabajo habitual consiste en fotografiar affaires ajenos para maridos que buscan pruebas de divorcio, como el caso de la señora Zadock y su amante abogado, un asunto que Mendoza exprime cobrando de más y entregando de menos. Pero meses atrás, una cita concertada bajo un nombre falso terminó en secuestro: dos hombres armados lo llevaron encapuchado hasta una mansión donde un par de desconocidos, tras mostrarle fotografías de un hombre que es su calco físico —Luis Peñasco, huésped de un hotel de lujo—, lo contratan a la fuerza para vigilarlo semana tras semana, con pagos e informes que pasan por apartados postales anónimos vinculados a un misterioso cliente italiano. Entre la comedia amarga de su vida cotidiana —una secretaria absorta en fotonovelas, un mozo hosco, un bar de mala muerte— y la sensación creciente de estar jugando una partida cuyas reglas no conoce, Mendoza avanza hacia un desenlace que él interpreta como un golpe de suerte, sin sospechar que la verdadera jugada fue decidida por otros mucho antes de que él creyera elegir nada. La novela combina el tono clásico del policial negro con una mirada irónica y local sobre la mala fortuna, el doble como amenaza y la vigilancia como oficio y como trampa.
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