En un séptimo piso de Orleans, dos hermanas solteronas y aficionadas al crimen ven alterada su rutina por la llegada de una novia parisiense, mientras su temible asistenta impone sus condiciones y la casa se llena de tensiones que huelen a…
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En un séptimo piso de Orleans, dos hermanas solteronas y aficionadas al crimen ven alterada su rutina por la llegada de una novia parisiense, mientras su temible asistenta impone sus condiciones y la casa se llena de tensiones que huelen a misterio.
Berta y Blanca Bodin han hecho de la respetabilidad provinciana una forma de vida, pero no de vocación. Instaladas desde la posguerra en un apartamento moderno que desprecian de boquilla y disfrutan en privado, las dos hermanas —una menuda, mandona y rencorosa; la otra alta, miope y dócil hasta el heroísmo— arrastran desde hace meses lo que ellas llaman, sin demasiado pudor, la nostalgia del crimen. Descubrieron una vez a un asesino delante de las narices de la policía, repitieron la hazaña de vacaciones y llegaron a soñar con una agencia de investigación privada que la administración les negó. Desde entonces esperan, sin confesarlo, que la vida vuelva a ponerles un cadáver en el camino.
Mientras tanto, la casa se les ha llenado de gente. Está Dafne, la sobrina adolescente que un primo ornitólogo y distraidísimo les dejó en depósito antes de marcharse a dar conferencias sobre la elocución de las cacatúas: una muchacha de trenzas castañas, apetito formidable y lengua afilada, enamorada a su pesar de un compañero de colegio. Está la Coronela Piqué, amiga de la infancia con humor de tormenta, que se presenta sin avisar acompañada de su silenciosa señorita de compañía. Y está, sobre todo, Rosa Papier, la mujer de la limpieza: corpulenta, grosera, con aire de ave de presa bien alimentada, que abre el correo ajeno, se apropia del periódico, sisa en la tienda y negocia sus condiciones laborales como quien dicta una capitulación. Las dos hermanas la temen con una devoción casi supersticiosa.
El equilibrio salta el día en que el doctor Favier, seductor cincuentón y viejo amigo de la familia, pide alojamiento para su prometida. Corinne Plessis llega de París envuelta en una capa roja, gafas negras y un tocadiscos que impone a todo volumen los Platters y a María Callas. Rechaza el pollo de las anfitrionas por dos hojas de lechuga, redecora la habitación azul en una hora, califica de inmundo lo que le ofrecen y se escandaliza de que la casa tenga un solo cuarto de baño. La ciudad entera se entera del compromiso en cuestión de horas, cortesía de Rosa; la Coronela se marcha ofendida jurando no volver, y Dafne comprende de golpe que la recién llegada le ha robado la mirada del único chico que le importaba.
La novela avanza así por acumulación de fricciones domésticas: cortes de electricidad fingidos, tapones para los oídos repartidos entre camas gemelas, conversaciones susurradas en el balcón, pequeñas venganzas ejecutadas con la mejor de las sonrisas. Nadie soporta a nadie del todo, y sin embargo todos siguen sentándose alrededor de la misma mesa de juego, bajo los apliques en forma de candelabro y las fotos amarillentas de la repisa. El humor nace de esa cortesía que no se rompe nunca aunque por debajo todo cruja, y del contraste entre unas señoras que miden jerséis para los pobres del convento y unas ganas apenas disimuladas de que ocurra por fin algo terrible.
El título anuncia lo que las hermanas Bodin llevan meses deseando en secreto, y el propio doctor Favier lo formula en broma en pleno salón: no tardarán en cruzarse con algún cadáver. Todo el mecanismo está montado antes de que suene el primer disparo —una casa cerrada, un elenco de resentimientos cuidadosamente inventariado, una intrusa que a nadie le conviene y una criada que sabe demasiado—, de modo que cuando la comedia de costumbres se convierta en investigación, el lector ya conozca los móviles de cada cual. Una intriga policial ligera, escrita con oído para el diálogo y una mirada afectuosamente cruel sobre la vida de provincias.
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