«Cadenas rotas, corazón partido» es el testimonio autobiográfico de Robert E. Sosa, quien narra su infancia en el pueblo cubano de Jatibonico, el ascenso de la dictadura de Batista y la revolución castrista que transformó su país, y el…
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«Cadenas rotas, corazón partido» es el testimonio autobiográfico de Robert E. Sosa, quien narra su infancia en el pueblo cubano de Jatibonico, el ascenso de la dictadura de Batista y la revolución castrista que transformó su país, y el doloroso exilio que lo llevó junto a su esposa e hijo a rehacer su vida en los Estados Unidos a partir de 1962.
En este relato de memorias, Robert E. Sosa reconstruye su vida desde el nacimiento en La Habana en 1937 hasta su llegada como refugiado a Richmond, Virginia, un cuarto de siglo después. El autor se define como «un hombre común» cuyo destino, sin embargo, quedó entrelazado con uno de los episodios más convulsos del siglo XX cubano.
La primera parte del libro se detiene en la infancia en Jatibonico, un pueblo azucarero de la antigua provincia de Las Villas: las casas construidas pared por medio, los portales compartidos, el bullicio de la piquera, los quioscos de empanadas y chibiricos, el ingenio con sus torres y su melado, y las figuras familiares —padres, hermanos, abuelos— que poblaron esos años. Sosa dedica especial atención a una enfermedad infantil que casi le cuesta la vida y a los recuerdos transmitidos por su abuela Tonita, sobreviviente de la «concentración» ordenada por el general español Valeriano Weyler durante la guerra de independencia, un episodio que el autor vincula con las dictaduras del siglo XX.
A partir de esa base costumbrista, la narración avanza hacia los años de mayor tensión política: la caída de Batista, la llegada de Fidel Castro al poder, la instauración del nuevo régimen y el deterioro progresivo de la vida cotidiana —la escasez, el control estatal, la vigilancia, la pérdida de propiedades y libertades—. El autor describe también su experiencia alrededor de la invasión de Bahía de Cochinos y los meses de preparativos, temores y gestiones que precedieron a la salida definitiva de la isla junto a su esposa Berta y su hijo pequeño.
La parte final del libro traslada la historia a los Estados Unidos, donde la familia enfrenta el aprendizaje del inglés, el frío de un clima desconocido, la crisis de los misiles de octubre de 1962 vivida ya en territorio estadounidense, y los primeros empleos y viviendas en Richmond. Sosa cierra su relato con reflexiones sobre la comunidad cubana en el exilio, la memoria de la isla y una serie de apéndices temáticos —desde los papalotes de su niñez hasta un análisis personal de Bahía de Cochinos y la cocina cubana— que amplían y matizan el cuerpo central de las memorias.
Más que una crónica política, el libro se presenta como un ejercicio de memoria personal y familiar, escrito para que las nuevas generaciones y los lectores no cubanos comprendan, desde la experiencia directa de quien la vivió, la transición de una infancia apacible a la pérdida forzada de un país.