Tras una ruptura que la ha dejado sin rumbo, Hanna Jansen se encierra en una casa de campo demasiado grande y demasiado silenciosa, donde la pena se le ha vuelto rutina.
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Tras una ruptura que la ha dejado sin rumbo, Hanna Jansen se encierra en una casa de campo demasiado grande y demasiado silenciosa, donde la pena se le ha vuelto rutina. Sus amigos ensayan remedios torpes —citas a ciegas, visitas de limpieza, palabras de ánimo— hasta que Terhi, una finlandesa de trato directo y voluntad de hierro, decide que la compasión sin exigencia no basta. Novela de Kate Lynon sobre el duelo amoroso, los cuidados que incomodan y el modo en que un afecto puede cambiar de naturaleza sin que nadie lo anuncie.
El campo había sido para Hanna Jansen un refugio: silencio, intimidad, distancia amable respecto de la ciudad. Después de que Kimberly la dejara, ese mismo paisaje se convierte en un cerco. La vegetación parece hostil, la casa guarda recuerdos en cada habitación y los kilómetros que la separan de cualquier cara conocida dejan de ser una elección para volverse un síntoma. Hanna ha abandonado su trabajo en el restaurante, duerme doce horas seguidas, escribe poemas sobre lo que siente y se sostiene apenas en la paciencia de quienes la rodean, a los que a veces echa de casa sin motivo y que casi siempre la perdonan.
Alrededor de ella se organiza, con más voluntad que acierto, un pequeño coro de amistades. Johanna, su antigua compañera de piso, insiste en presentarle mujeres —una crítica literaria de gafas y haikus que resulta un desencuentro perfecto— convencida de que basta con encontrar a alguien agradable para que el duelo se disuelva. Mark observa desde el sofá y diagnostica lo que nadie se atreve a decir en voz alta: que Hanna quizá tema volver a interesarle a alguien. Zach, mejor amigo de toda la vida, pregunta por ella a terceros porque no sabe cómo acercarse sin herirla con su propia felicidad. Todos coinciden en el pronóstico y ninguno sabe qué hacer con él.
Terhi llega por otro camino. Finlandesa, elegante, de ojos verdes y franqueza que roza la crueldad, no propone consuelo sino órdenes: una ducha, ropa limpia, un paseo. La escena en que fuerza a Hanna a salir de la cama —con una amenaza incluida— marca el tono de una relación construida sobre un desequilibrio incómodo y, sin embargo, eficaz. Lo que Terhi llama amor cruel funciona donde han fracasado las palabras amables, y el paseo por el parque, con su estanque y su puesta de sol, devuelve a Hanna algo que había perdido: la capacidad de mirar hacia fuera.
Desde ahí, la novela avanza por acumulación de días. Llamadas diarias, visitas al culo del mundo, planes cancelados, cuadernos de poemas que se prestan como quien entrega una confidencia. Terhi tiene pareja —Liv, noruega, cantante de ópera reconvertida en lectora entusiasta de Harry Potter, comprensiva hasta el extremo de no preguntar demasiado— y una idea muy defendida de sí misma como mujer práctica e independiente que no se enamora. Hanna, entretanto, descubre que nadie más le devuelve esa sensación de estar viva, aunque siga llorando por una mujer que, según todos, nunca la quiso. Un encuentro casual con Kimberly, resuelto por Terhi de la manera más física posible, revela hasta dónde llega su implicación y hasta qué punto ha dejado de ser solo protectora.
Kate Lynon construye una historia de duelo y reconstrucción entre mujeres europeas desplazadas —una holandesa, una finesa, una noruega, una austríaca— unidas por la vida de bar, la universidad y un local llamado Rainbow Garden. El interés del libro no está en los grandes giros sino en la fricción cotidiana: la diferencia entre cuidar y mandar, entre acompañar el dolor y exigir que termine, entre la amistad que salva y el deseo que se instala sin permiso. La prosa es directa, dialogada, atenta a los pequeños gestos —un mechón retirado de la cara, un abrazo que se alarga— que anuncian lo que los personajes todavía no se dicen.